Columnistas

Tiempos oscuros

Ningún liberal debe dejar de poner su granito de arena en la lucha contra el autoritarismo

La Razón (Edición Impresa) / Wálter I. Vargas

00:22 / 22 de febrero de 2014

Lo propio del socialista del siglo XXI, su diferencia específica respecto del que caracterizó al siglo pasado, es que debe desarrollar sus proyectos autoritarios y antidemocráticos esforzándose por aparentar ser el campeón de la democracia. Antes se pudo sostener sin ningún tipo de vergüenza la necesidad de una dictadura (en teoría, solo en teoría, la del proletariado) como una forma virtuosa de gobierno. Hoy eso sería repudiado unánimemente por la sociedad. Esto genera una tensión permanente en sus operadores, que supongo los hace trabajar el doble, porque para aparentar la libertad deben paradójicamente aceptar efectivamente la disidencia: no se puede cerrar torpemente un medio, hay que pergeñar alguna norma que lo estrangule; no se puede hacer desaparecer o encarcelar arbitrariamente a un ciudadano, hay que buscarle alguna causa y juzgarlo.

El corporativismo de los movimientos sociales y el clientelismo político más desvergonzados pasan por formas nuevas de democracia participativa; el acoso a los medios de comunicación se denomina lucha contra el avasallamiento de las grandes empresas; se copa otros medios y hasta se usa palos blancos para comprarlos y simular pluralidad de voces. Por lo demás, los ritos, la demagogia siguen siendo los mismos. Hay un enemigo cuya maldad no hace falta poner a prueba, pero que se invoca ante cualquier dificultad; el Estado puede hacer las cosas mejor que los individuos; un prohombre ha salido de la médula del pueblo para salvar a la patria.

En buena medida esta flor política inesperada del siglo XXI se explica como un mecanismo de compensación psicológica. El triunfo mundial y aparentemente definitivo del capitalismo ha producido en la mentalidad izquierdista una lesión psíquica que es suturada por este remedo, esta caricatura de socialismo. Yo he escuchado decir a gente seguidora de los Kirchner que el gobierno de éstos es la prueba de que los luchadores de los años setenta tenían la razón, cuando es todo lo contrario.

Pero estimo que tarde o temprano la ocurrencia terminará por las circunstancias del propio desarrollo latinoamericano. Hasta se podría ejercitar una suerte de constante o norma: a mayor desarrollo institucional, menos futuro para las aventuras neosocialistas. El señor Lula supo desde siempre que debía dejar el poder a su sucesor y esperar otra oportunidad. La izquierda chilena apenas logra distinguirse de Piñera y la alternancia nunca ha sido puesta en duda. En Argentina la pretensión de reelegir a la señora de Kirchner interviniendo la Constitución se vio frustrada por una oposición política y una resistencia civil efectivas. En cambio, en Venezuela y Bolivia la Constitución es hoy un papel sobre el que se puede reescribir cualquier cosa. Y en Nicaragua se han animado nomás a dar el paso a la reelección indefinida, con lo cual se desemboca en el sueño dorado de toda esta galería de nuevos caudillos: la satrapía vitalicia de los Big Brothers Castro.

A mí me molesta la actitud de antiguos devotos de Evo Morales que ahora lo detestan y lo combaten. Han comenzado a asustarse de su amor irrefrenable a ser presidente (la gente del MAS ya ha conseguido la tercera reelección, y hay tiempo para pensar cómo se va a retorcer las normas para postularlo en 2019). Pero deberían comenzar por hacer un mea culpa por haber escuchado una vez más el canto de sirena de gente que desprecia la democracia. De otra manera, como de hecho se escucha detrás de los alegatos de que Morales se ha derechizado y que hay que profundizar la revolución, volverán a ungir (en otro caudillo) alguna forma de democracia plebiscitaria y autoritaria. Eso solo demuestra que no han aprendido nada.

Ya lo sé. Todo esto lo dicen de mejor manera y más sesudamente todos los politólogos y opinadores del medio día tras día. Si lo he hecho aquí, en una columna que normalmente se ocupa de literatura, es porque ningún liberal que se precie de tal debe dejar de poner su granito de arena en la lucha contra el autoritarismo siempre que éste asoma la nariz, como ocurre en este oscuro momento histórico. Especialmente si es la última columna que escribe en este periódico, en un espacio que ha ocupado durante cuatro años, hecho que de todas maneras agradece. Hasta siempre.

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