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Tierras raras

No creo que el país esté en condiciones de entrar, por ahora, a la minería de lo que llaman ‘tierras raras’

La Razón / Dionisio J. Garzón M.

00:16 / 25 de enero de 2013

Generaron expectativa los anuncios de Comibol a través de su principal ejecutivo (La Razón, 13.01.13), sobre la intención de recuperar, en los complejos metalúrgicos controlados por la estatal minera y en refinerías que se pretende instalar, los elementos metálicos menores que acompañan a minas de estaño, plata, plomo y zinc que salen del país, sin recuperar el valor de aquellos (germanio, indio, cadmio, oro, etc.) y también la intención de entrar a la minería de lo que llaman “tierras raras” (TR). Valoro que se intente llegar a ese nivel de metalurgia, una meta añeja del sector minero, pero no creo que el país esté en condiciones de entrar a la minería de TR ahora. El nivel de conocimiento de estos elementos en el país es todavía embrionario como para sustentar un proyecto inmediato.

Como señalé en esta columna (La Razón 01.07.11), una cosa son los “metales minoritarios” (MM) como germanio, indio y cadmio (que acompañan a las menas de zinc, plomo y plata); molibdeno, renio, teluro y selenio (en las minas de cobre); oro (en algunas minas de zinc y/o estaño); y otra muy diferente son los metales de los grupos denominados “platinoides” (PGM) y TR, cuyo ambiente geológico y de formación es completamente diferente. La recuperación de MM no es en sí un proceso que pueda dar lugar a una cadena de industrialización sino, como ocurre en los países que los producen, a un by-product (un producto adicional) de las fundiciones que aumenta su rentabilidad.

En cambio, los PGM y TR (más de 30 elementos) hacen parte de un selecto grupo, que la industria llama “metales críticos” o “metales tecnológicos” por su uso en tecnología actual. Allí entran también entre otros: columbita-tantalita (COLTAN), grafito, wólfram, manganeso, magnesio, cobalto, teluro, uranio y litio, que por su aplicación en generación de energía limpia se suman al grupo de energéticos fósiles clásicos: carbón, gas y petróleo. Ahora bien, hace casi medio siglo los PGM y TR han sido identificados en el país, cerca de San Ignacio de Velasco, Santa Cruz, en el cerro Manomó se identificó el fosfato “monazita” que contiene las TR itrio, cerio, lantano y thorio; al sureste, en Rincón del Tigre, se identificaron los PGM cromo y níquel; las rocas granitoides de esa parte del país tienen COLTAN y así podemos seguir. (Para mayor referencia, ver: Los dilemas de la minería, D. Garzón, Fundación Pazos Kanki: 2012).

Nunca pudimos pasar del sueño a la acción para aprovechar ese potencial,  por la inestabilidad política y jurídica tan tradicional de nuestro país, que no permitió una planificación sectorial a largo plazo, necesaria para generar proyectos mineros de tal envergadura. Que ahora se intente es ya una buena noticia, pero hagámoslo como se debe. Si la nueva ley minera no tiene apertura al flujo de capitales, al juego bursátil para financiar gastos de exploración y de ingeniería necesarios y previos al desarrollo de aquel potencial y si no se garantizan las inversiones de presiones sociales, políticas y de grupos ambientalistas radicales; seguiremos soñando por los siglos de los siglos.

Mientras tanto y en espera de la ley minera, en un país sin infraestructura industrial ni de investigación, ya debiéramos estar con gente aprendiendo y captando tecnología en el exterior y definiendo áreas y mercados apropiados al potencial que tenemos. Si ponemos un poco de empeño ahora, podremos transitar del sueño a la realidad.

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