Columnistas

Tiranías íntimas

La ‘escritura’ de la vida privada se ha convertido en una actividad masiva, cotidiana y compulsiva.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:30 / 22 de septiembre de 2016

La intimidad ya no es lo que era. Pero esa noticia no es fatalmente una calamidad. En otra época, antes de las redes sociales, el mundo íntimo estaba formado por las emociones secretas, pero sobre todo funcionaba por medio de la confesión o la confidencia. Los sentires secretos podían y debían ser confesados para crear amistades, complicidades y amores, eso era la intimidad. Las relaciones íntimas, según Richard Sennet, preservaban al individuo de las perniciosas influencias del medio (la uniformización del mal gusto, por ejemplo), pero también inhibían su participación en la política y alentaban una cultura narcisista.

Los secretos íntimos podían romperse a través de las máscaras. La literatura era una de ellas. Los géneros literarios modernos (la novela, los diarios, las confesiones) podían develar sin mayores traumas los sentimientos íntimos de las personas, finalmente eran “ficciones”. Tal vez por ello, cuando releo esos textos, algunos espléndidos, siento que alguien me confía algo trascendental, a mí y solo a mí. En Francia, Proust llevó esa escritura a una insuperada cumbre.

Era otra época. Hoy, la “escritura” de la vida privada ha dejado de ser un espacio literario elitista, casi marginal, y se ha convertido en una actividad masiva, cotidiana y compulsiva. La narración ha sido sustituida por la imagen, el aforismo o la invectiva breve y feroz. A través de las redes sociales podemos exponer o sobreexponer nuestras emociones más profundas sobre la muerte, la enfermedad, la vejez, la sexualidad o cualquier tema; nos desnudamos plenamente ante la mirada del otro, la buscamos, la necesitamos, incluso si ella nos condena, nos ridiculiza, nos delata o nos insulta. La confesión se ha vuelto incontinente.

¿Lo privado se ha vuelto público o viceversa? Probablemente ambas cosas; o más bien, ha emergido un espacio intermedio, híbrido, entre ambas esferas, por así decirlo. En todo caso, las fronteras modernas entre lo público y lo privado han sido completamente trastornadas por la expansión de las redes sociales. Tienen razón los expertos que hablan de estos cambios como de una revolución sin precedente alguno. La fragmentación de una esfera colectiva de significación sustantiva (eso que los filósofos posmodernos llaman el fin de los “metarelatos”) ha convertido a nuestra subjetividad en el referente vital para habitar y comprender el mundo. Es el punto fijo en el espacio.

Las redes sociales han constituido un “sujeto emocional” que descodifica el mundo “real” y toma posiciones sobre asuntos de interés público desde sus vivencias y pensamientos más íntimos y, por tanto, innegociables, tenaces. La sobreexposición de nuestra intimidad no aísla; por el contrario, comunica, interpela y perturba. Nos permite vivir un ratito con los otros. Y a ellos, los desconocidos, les permite entrar sin sonrojarse en nuestra intimidad. Un infierno y un paraíso.

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