Columnistas

‘Tirofijo’

En 1965 mi padre dejó un hogar católico y conservador y se fue a Colombia para unirse a las FARC.

La Razón (Edición Impresa) / Valeria Luiselli

02:05 / 12 de octubre de 2016

Hace unos días platicaba con mi padre sobre lo que ha sucedido en Colombia en estos últimos meses tan convulsos, meses de tanto vacilar entre la esperanza y el desasosiego por aquella promesa de paz inminente no del todo cumplida. Le preguntaba cómo su generación veía a las FARC cuando estaba en sus primerísimas etapas. Me interesaba entender mejor cómo se había ido modificando aquella narrativa en las mentes de esa izquierda latinoamericana tan engagé (comprometida) a la que pertenecieron mis padres antes de ser mis padres.

Me contó entonces una historia que nunca me había contado. Empezaba en 1965 cuando, poco después de haber cumplido 19 años y recién graduado de una preparatoria lasallista, decidió irse de México con un poco de dinero ahorrado, sin permiso, y dejando solo una nota de despedida a su padre. Dejaba un hogar católico y conservador, y se iba rumbo a Colombia. Iba en busca de Tirofijo, primer líder de la recién constituida FARC, para unirse a la guerrilla. El verdadero destino final, confesó, no era Colombia, sino Buenos Aires, porque había oído que allí estaban las muchachas más bonitas y listas del continente, y quizá tras ser guerrillero le iría mejor en ese otro campo de batalla.

Llegó a Bogotá y se pasó los primeros días deambulando por la Universidad Nacional, hablando con jóvenes de su edad, a ver si alguno se animaba a irse a la selva. Nada. Luego anduvo indagando entre cafés y cantinas. Conoció por fin un día a un joven piloto que le ofreció viaje gratis a Leticia, en el Trapecio Amazónico, a bordo de un avión de hélice. Pasó en Leticia semanas más, preguntando por Tirofijo a todo peatón. La mayoría de la gente se reía o le daba vagas respuestas. Nadie le decía que la guerrilla estaba en realidad muy lejos de ahí. Pero cuando un soldado le dijo que se dejara ya de preguntar sobre esas cosas, que no eran ningún juego, por fin se dio por vencido y volvió a Bogotá.

Ya no tenía un quinto. Pidió ayuda a los lasallistas de Bogotá para su pasaje de vuelta. Llevaba su boleta de calificaciones, con buenas notas, y se las mostró. Pero ni así. A punto de tirar la toalla y tener que llamar a su padre, conoció a Martica, una prostituta de veintitantos años, con la que terminó viviendo unos meses. Un primer amor que lo convenció, primero, de no irse a ninguna guerrilla, y le pagó, después, su pasaje de regreso a México. A Buenos Aires no llegó sino hasta 20 años después, ya demasiado tarde para encontrar novia argentina.

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