Columnistas

Todas las almas

Es lo lindo de nuestra cultura: no mira a la muerte con terror, sino con empatía.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Cordova

00:00 / 05 de noviembre de 2017

Consuela pensar que nuestras almas han pasado unas horas con nosotros. Que han llegado suavemente de su largo viaje, anunciando su presencia con una brisa o el aleteo súbito de un insecto. Que se han sentado a descansar junto a nuestros altares, bebiendo agua y comiendo bizcochos y panes. Consuela creer que una vez al año los muertos tienen franco, vacación, asueto y pueden venir a “echarse de menos” de sus familiares. Consuela, por nosotros, que podemos reencontrarnos con quienes se fueron; y consuela, por ellos, que por unas horas pueden cruzar de regreso el río que los separa de los vivos.

Entre las almas que se han paseado por nuestras calles y callejones entre el miércoles y el jueves no había espectros, ni zombies, ni cadenas que se arrastran, ni monstruos que acechan o asesinan. Todos eran abuelos, madres, hijos, tíos, madrinas o amigos; seres recordados por alguien, amados por alguien, extrañados por alguien, que vienen en tropel “perdiendo sus tacos” a recuperar un poco de la vida, el amor y el gozo que perdieron. Es lo lindo de nuestra cultura: no mira a la muerte con terror, sino con empatía. Solo están vivos los que todavía no murieron. Solo están muertos los que se nos adelantaron. No hay nada qué temer: todos somos parte de una continuidad, de un equilibrio que se restablece con o sin nosotros.

Por eso recordamos a los muertos con comida, bebida y música. Por eso los llamamos, los convocamos en lugar de huir de ellos. Los muertos que nos visitan no son los fantasmas tenebrosos del Halloween celta, son ajayus vibrantes y cariñosos, que traen consigo la lluvia que reverdece los campos y augura grandes cosechas. Nuestra cultura no teme a la muerte, la acepta como parte del ciclo vital que reproduce animales, plantas y personas y augura la continuidad de la Pacha.

Consuela pensar que las almas de mi familia están presentes en la memoria de los niños a través de esta fiesta. Al convocarlos a nuestro altar de Todos Santos, los hacemos visibles para los pequeños que no los llegaron a conocer o no los recuerdan...

Aquí está el abuelo Miguel, que era minero. Esta es la Mamita Petita, que vestía siempre de negro y llenaba sus bolsillos con confites de azúcar. Esta es la tía Mechi, que luchó en el bando de los falangistas junto a su esposo, al que mataron. La que sonríe con hermosos dientes como choclos es mi abuelita Alcira, la mujer más generosa del mundo. El señor serio y calvo es su esposo, José, que en la vida real era risueño y bondadoso (la foto no le hace honor). La señora con el collar de perlas y el perfecto peinado plateado es mi abuelita Luchy, que siempre fue suave y elegante. La señora de lentes redondos y sonrisa irónica es mi tía Inés, que fue una gran artista. Y a la Dorita la conoces: ella nos dejó hace poco, y recordarla todavía nos duele. De contrabando junto a todos ellos está Fidel, ojalá pueda venir un ratito a visitarnos.

Consuela armar un altar de Todos Santos, con escaleras, caballos, agua, flores, velas, t’antawawas y dulces de colores. Consuela después compartir los alimentos que los muertos nos dejaron bailar sobre las tumbas, farrear si es necesario, lo que haga falta para devolver a la vida el goce que la muerte quiere arrebatarle. Consuela, por eso, celebrar la muerte y domesticarla: mientras no sea eterna, desconocida o inconmensurable, no tenemos por qué temerle.

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