Columnistas

Todavía podemos…

A una ciudad la hacen sus habitantes, su ‘ethos’ y su paisaje, entre otras cosas.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 22 de marzo de 2015

Ser maravillosos suena como algo lejano y pueril, pero a una ciudad la hacen sus habitantes, su ethos y su paisaje, entre otras cosas. Hace tres días seguía mi rutina de cada semana: preparar la clase que dicto en la universidad, ir al garaje a sacar mi tanqueta modelo 92 (puedo asegurarles que Woody Alllen conduce mejor que yo, por lo tanto, mi heroica nave del olvido tiene mil magulladuras de las incontables luchas que tuvo que librar contra los minibuseros; también, por supuesto, mi catálogo de insultos ha mejorado)... Vivir y sobrevivir en la ciudad maravillosa no es fácil, por muchas razones, ya que, pese a todo, gracias a todas las divinidades del Tawantinsuyu, del Olimpo y del Almanaque Bristol, todavía hay muchas personas buenas y maravillosas que transitan por sus calles y avenidas.

Sucede que ese malhadado día estaba k’encha, seguramente mis adversarios me dedicaron una mesa negra con algún chamakani de la Ceja de El Alto, porque todo me salía mal. Estaba atrasado y hundí el acelerador. Para mi suerte no había agentes de tránsito, quienes, seguramente, estaban engrampando coches en lugares donde no hay tráfico intenso y pueden aplicar el artículo 30 (antes era el 20) sin que nadie los filme o los vea. Así es que llegué a tiempo a la universidad para desasosiego de mis estudiantes, pero en el apuro había activado la luz baja y la batería se estaba descargando.

Culmino la clase y digo para mis adentros: “Iré al supermercado a comprarme un vinito para acompañar la comida del Día del Padre”. Busco en los bolsillos y me doy cuenta de que había olvidado mi billetera en otra chaqueta con todos mis documentos. —Bueno, dije para mis vísceras, me iré nomás a mi dulce hogar; pero la tanqueta no arrancaba por más que le rogaba: “No te voy a limpiar si arrancas, juro por las cruces del Chaco”. Nada. Corrí, todavía con una sonrisa de un pequeño percance. El único compañero que podía salvarme no tenía los cocodrilos (esos cables que sirven para activar una batería con la ayuda de otra), pero sí 20 pesos. No tuve más remedio que desarmar y caminar hasta una gasolinera para preguntar a los trabajadores dónde había un taller para activar al pesado bicho, y me dijeron, como siempre: “Allicito”. Después de fracasar, una señora cubierta de hollín, que emergió de una llantería, al verme sudoroso y acalambrado me dio una dirección y tomé un taxi, cuyo conductor se ofreció a prestarme sus cocodrilos por una módica suma que no me alcanzaba. Cuando llegamos al taller no existía tal, y el taxista no tenía cambio de veinte pesos, así es que tuve que comprar una bolsa de chamillos para pagar sus servicios. Un mecánico koskoso se acercó a una tienda de repuestos, y aproveché el momento para preguntarle si conocía al resucitador: “Claro, súbase, lo llevo”, me dijo. Su tanqueta era más vieja que la mía, de la misma marca y estuvimos hablando como si se tratara de un hijo; nos hicimos amigos al tiro y cuando le pregunté cuánto es, sonrió y me dijo: “Dos chamillos”, y nos despedimos.

Dejé la batería y el resucitador me dijo que volviera en una hora y media. Tiempo suficiente para conseguir más dinero. Y ¡oh!, bendita casualidad, me topé con una amiga a la que no reconocí, porque, después de su divorcio, había cambiado tanto que parecía una luchadora de sumo. Me puse a escuchar sus lamentos sobre el desgraciado de su marido y le aconsejé que comiera chamillo para adelgazar y olvidar al canalla... y que me prestara cincuenta lucas. Me dio cien.

Alegre, fui a recoger la batería, la instalé y emprendí el retorno y... mi tanqueta ahora se quedaba sin combustible y faltaba un trecho para llegar a la estación de servicio. Le rogué, le juré que no la vendería, y las muchachas que atienden el despacho de gasolina, todas alegres y moviéndose al ritmo de una cumbia, empujaron los dos metros que faltaban. Llené el tanque y repartí chamilllos. Cansado, pero feliz, guardé la tanqueta y olvidé mi carpeta allí dentro, con mis llaves. Pero eso es lo de menos, porque comprobé que todavía podemos ser maravillosos pese a las elecciones para alcalde.

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