Columnistas

Tom Wicker, un gran periodista

Extraordinaria mani-festación de rebeldía y libertad a la que Wicker dio una dimensión humana

La Razón / Carlos Fuentes

03:12 / 18 de diciembre de 2011

Era alto, fornido y con cara de niño. Su padre era conductor de trenes y Tom Wicker creció en Carolina del Norte. Jamás perdió el acento sureño, lánguido a la vez que enérgico y rico en insinuaciones. Reportero del diario The New York Times, fue el periodista asignado al viaje del presidente John F. Kennedy a Dallas y, en consecuencia, testigo directo del asesinato del exmandatario. Wicker se apoderó de un teléfono público para dar la noticia del crimen a partir de notas escritas con premura.

Pero el ascenso de Tom Wicker se debió a otro trágico acontecimiento: la rebelión de los prisioneros de la cárcel de Attica, Nueva York, en 1971. Unos 1.300 encarcelados se apoderaron de la prisión e invitaron a Wicker para que diera cuenta de los abusos, quejas y condiciones de la vida de los reos. Wicker dejó constancia de entrar, en Attica, a “otro mundo, imponente en su extrañeza misma”. Un retrato incomparable de un grupo de hombres “desesperados” capaces de manifestarse en un breve momento de inmerecida pero elocuente libertad, pronto reprimida por el gobernador Nelson Rockefeller al precio de 40 muertos por las armas del Ejército. Extraña, extraordinaria manifestación de rebeldía y libertad, represión y muerte, a la que Wicker dio una dimensión humana, contradictoria y trágica.

Editorialista sagaz y duro, Wicker elogió al presidente Lyndon B. Johnson por su promoción de los derechos civiles y lo condenó por escalar el injusto y tramposo conflicto de Vietnam. Acusó a Richard Nixon de bombardear en secreto a Camboya y de abrir el camino a un estado policial con los crímenes de Watergate. Antes de renunciar, Nixon puso a Wicker en su “lista de enemigos”, aunque años más tarde, en Uno de nosotros (1991), Wicker escribiese una crónica más amplia de la presidencia de Nixon, destacando la apertura a China y el fin de la discriminación racial en las escuelas del sur, tierra del origen que Wicker jamás abandonó.

El título era significativo: Uno de nosotros, implicando que Richard Nixon no era un extraño al bien y al mal (la ética) de Estados Unidos, sino un hombre eternamente insatisfecho que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública y que, una vez instalado en el poder, no pudo abandonar los vicios y tretas de su carrera, sino potenciarlos al máximo involucrando a la nación entera en el caso Watergate. Importante análisis del poder corruptor que afecta, quien más, quien menos, a todos los que lo tienen y lo abusan.

Wicker dejó también retratos excepcionales y críticos del presidente Gerald Ford (por continuar la guerra de Vietnam); de Jimmy Carter (por la crisis de los rehenes de Irán); de Ronald Reagan (por el engaño del caso Irán-Contra) y de Bush padre (por la guerra del Golfo y el descuido de las políticas de sanidad y educación públicas). Las críticas más duras de Wicker se dirigieron, sin duda, al desafortunado vicepresidente Spiro Agnew, quien atacó a Wicker como un “irresponsable” mientras que el periodista mostraba al político culpable de evasión de impuestos y de dar y recibir lo que en México llamamos mordidas.

Al recibir el doctorado de Harvard, Wicker propuso una política de “desobediencia civil” para protestar contra la guerra de Vietnam y el objeto de su crítica incluyó por igual a empresarios y líderes obreros, legisladores y racistas, televisión y prensa. Tanto como atacó, fue atacado, pero sus títulos se sucedieron con la regularidad implícita en la ética de trabajo, el idealismo y el temperamento de Wicker. Kennedy sin lágrimas: el hombre detrás del mito (1964). JFK y LBJ: personalidad y política (1968). Uno de nosotros: Richard Nixon (1991). Eisenhower (2002). Bush padre (2004). El breve arco de Joe McCarthy (2006). Y, claro, su gran obra sobre la prensa de 1978, donde denunció el mito de la objetividad informativa, evoca la dependencia informativa de fuentes oficiales y teme el sometimiento de la prensa a factores ajenos a la información.

Conocí a Tom Wicker cuando ambos, junto con la escultora Maya Angelu, recibimos doctorados de la Universidad de Chicago. Nuestra amistad creció a lo largo del tiempo, amparada por la mujer de Wicker, Pam Hill, jefe de información de la emisora de televisión ABC. Juntos viajamos a la Baja California y la ciudad de México y nos vimos en Londres, Nueva York y al cabo en el retiro de los Wicker al fondo de un tupido bosque en Vermont, donde el periodista y gran amigo murió el 25 de noviembre de 2011.

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