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Tortura

La Razón (Edición Impresa) / Con la punta de la aguja - Julieta Paredes Carvajal

00:00 / 02 de abril de 2017

El patriarcado, como sistema de dominio, ha inventado diversos instrumentos de opresión, explotación, discriminación, tortura y demás formas de violencia destinadas a destrozar la vida. Este sistema de muerte se nutre de conocimientos e invenciones de la propia humanidad para poder realizar más efectivamente esta labor de sometimiento. La tortura es una de esas formas de amedrentamiento.

Recordemos que en la Edad Media, la Santa Inquisición usó martillos, agujas, cuchillos, serruchos, entre otros, para lastimar; y empleó el fuego de la hoguera, el cadalso y la guillotina para matar. Eran los instrumentos destinados a callar, a doblegar y liquidar a quienes perjudicaban los intereses del poder establecido. Camino al cadalso, y en medio de ese camino de disciplinamiento medieval, la envidia, la venganza, las rencillas personales encontraban eco. Camino al cadalso todo mundo se permitía escupir, patear, pinchar con agujas, patear y tomar venganzas personales contra la “bruja” o la india hereje e idolatra.

En la época de la cibernética y el internet, en estos tiempos de posmodernidad, del neoliberalismo, se diluyen las conquistas y valores de nuestras luchas sociales, como son la dignidad, la consecuencia política, la ética de la conducta personal. En esta época no se repudia la traición, pues eso hoy se llama libertad personal, y a las traidoras y traidores de nuestros pueblos se les convierte en víctimas de una supuesta persecución política comunitaria. En esta época de peligros de la vida de la humanidad y del planeta, la tortura toma otras dimensiones y otras metodologías.

Hoy, el linchamiento y montaje mediático, la mentira y la difamación desvirtúan los hechos y crean una realidad ficticia, como espacio social y sentimental para que las personas instauren el tribunal de la nueva inquisición y extirpación de idolatrías, sin siquiera preguntar, averiguar o dar oportunidad a los indios e indias “canallas”, a las y los dirigentes políticos del pueblo o a presidentes que reciben el apoyo popular, a quienes no se les da el espacio mediático ni la posibilidad de defenderse. Las nuevas extirpadoras e inquisidoras recogen los prejuicios, envidias, racismo, lesbofobia, broncas personales, frustraciones y antiguas deudas políticas para atizar el fuego de la hoguera. Y con la guadaña del Facebook se une la turba en búsqueda de la víctima para liquidarla.

Hoy se puede asistir al linchamiento en la plaza pública, a la quema en la hoguera, a la decapitación o la horca desde cómodos hogares con internet, acompañados de una taza de rico café ecológico, un vasito de vino o tecito de hierbas, o finalmente comiendo papitas fritas. Con el simple golpe de un dedo se puede escupir, clavar agujas, aplicar picana, ahogar en el submarino, meter ratas en los úteros y sacar uno a uno los dientes con alicates, hasta lograr en los cuerpos tanto dolor, que el “cadáver” va voluntariamente a autoenterrarse en el anonimato, en el psiquiátrico u opta por el suicidio. Así, nunca habrá juicios de lesa humanidad, pues no quedará rastros de los nombres e identidades de las y los victimarios.

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