Columnistas

Totalitarismo del bien

Un buen paso sería una democracia que no suspenda sus valores a nombre de conservarlos

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar Agramont

00:00 / 14 de septiembre de 2014

Circula un spot del Tribunal Supremo Electoral en el que se dice con orgullo que somos el país de la región que más acude a las urnas para sufragar...

¿Debería ser esto una razón de orgullo? El spot omite que, en Bolivia, votar es obligatorio y que si no se sufraga, uno es condenado a una suerte de muerte civil temporal (arraigo eventual a los viajes al extranjero, como a un delincuente; restricción en transacciones bancarias, violando su propiedad privada; etc). Al no votante se lo sentencia por un remozado ostracismo.

Lo prudente es mantenerse distante de todo poder. La democracia, como sistema de la oficialidad occidental de la que somos parte, ocupa el espacio del poder y termina siendo ese lugar común del que se dice, con resignación, que es lo menos peor que podemos aspirar.

Tal vez alguien me acuse de antidemocrático por este texto... En Bolivia no hay ningún debate acerca del anacronismo del voto obligatorio. Dentro de menos de un mes, la democracia boliviana cumplirá 34 años... Una democracia madura no tendría que ser coactiva. La idea de una democracia coercitiva es antitética. No querer votar no significa, nunca, que se prefiera el retorno de las dictaduras ni que se mire al país con indiferencia.

Habrá que convenir que la democracia es, en esencia, otro totalitarismo: un totalitarismo del Bien. Se arroga ser la síntesis de lo que es políticamente “bueno”. Poner esto en duda significa, entonces, estar en contra del Bien: tal es, en última instancia, el cimiento del discurso de poder de la oficialidad de los sistemas democráticos.

“La fuente del totalitarismo es un vínculo dogmático con la palabra oficial. Un compromiso excesivo con el Bien puede en sí convertirse en el mayor Mal: el Mal en realidad es cualquier clase de dogmatismo fanático, en especial el que se ejerce en nombre del supremo Bien”, dice acertadamente Žižek en El sublime objeto de la ideología para referirse al totalitarismo del Bien con relación a la democracia estadounidense de la gestión Bush (junior). Creo que esta reflexión es extensible a todas las democracias y a toda oficialidad.

¿Pero qué sería mejor que la democracia? Tal vez el no-lugar (atopos-utopía) de un mundo sin Estado, ¿quién sabe? No obstante, hay una certeza:  un buen comienzo sería una democracia lo más lejana posible del “control de los cuerpos” que ejecuta todo lugar del poder, una democracia que no castigue el no votar, que no te restrinja desplazarte y que no limite tus derechos individuales, precisamente esos derechos que llamamos “democráticos”. Un buen primer paso sería, entonces, tener una democracia que no suspenda sus valores esenciales a nombre de conservarlos.

Es periodista.

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