Columnistas

Tradición y desarrollo

La independencia del citadino demanda pautas específicas de comportamiento

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:50 / 17 de septiembre de 2015

Las ciudades, al haber sido habitadas desde hace siglos, han acumulado y conservado tradiciones que, a pesar de los años, no han desaparecido en el imaginario de las sociedades. Hoy, sin embargo, se muestran divergentes a las nuevas realidades urbanas, porque disienten con lo que por ejemplo exige la vida contemporánea en las grandes ciudades. Allí la independencia del citadino demanda pautas específicas de comportamiento, dentro las cuales prescriben las expresiones particulares.

Estudiosos afirman que esas ciudades, al haber transferido funciones a las máquinas, desechan toda subjetividad, porque entienden que las tradiciones pretenden ser implantadas como verticales cuando su horizontalidad denota, en ciertos casos, que no proceden de la tierra, sino del aprendizaje hereditario. Y es por ello que no faltan las urbes que abandonan toda tradición, aunque existen otras que tienden a reconstruirlas en su propia memoria.

Empero, no se debe dejar de nombrar a las ciudades cuyas tradiciones forman parte de la identidad de sus países, donde no se bloquea su valoración o se deja de practicarlas porque su habitante afirma que eso significaría limitar la memoria cultural colectiva de las generaciones futuras. Sin embargo, ello exige el comprender que al ir diversificando su “sentido” y al nacer nuevos aportes de impulsos imaginarios, terminarán destruyendo su “esencia”. Y aún peor, si esto es llevado al extremo, se convertirán en el mayor obstáculo para el desarrollo de las ciudades, y lógicamente también para la evolución de sus sociedades. Conflicto para el habitante que busca y requiere el transitar por el sendero contemporáneo, porque ello lo llevará a su integración en el tiempo que le toca vivir, el siglo XXI.

¿Y qué sucede con el desarrollo de las ciudades? El fenómeno que vive la ciudad del presente y del futuro está adquiriendo características prácticamente inéditas, ya que la gran ciudad de hoy representa el acceso de la urbe a un mundo revolucionado de transformaciones respecto a la ciudad tradicional. Por todo ello, es más que evidente que su contexto sociocultural vive una aceleración del tiempo histórico. Y respecto a la memoria viva de las ciudades, si bien es un factor de unión en la ciudadanía, ello no evita que el habitante, de donde venga y aun se identifique con esas expresividades, jamás dejará de poner sus ojos en el futuro. Quizá porque no le satisface el atraso.

De esta manera, el desarrollo es un anhelo de la mayoría de los ciudadanos no porque se muestra como una especie de ensoñación el caminar hacia una gran ciudad, sino porque es la superación de todo límite, el crecer y expandirse. Esto, empero, no niega valores culturales y de identidad y menos que se pierda la vitalidad de la vida urbana. El problema radica en quienes piensan que el camino de las urbes al siglo XXI se lo construye con la réplica de modelos externos, dentro de éstos, lo urbano y la arquitectura. Sin embargo, el progreso de las ciudades exige algo más.

No cabe duda de que toda urbe, en el periodo histórico en el que se encuentre y a pesar del modo de vivir de su población, emerge siempre como un ámbito de arraigos socioculturales y espacio-temporales. Y estos últimos se irán transformando conjuntamente con el desarrollo humano. Y en cuanto a las tradiciones, solo las que rememoren la identidad de los pueblos trascenderán en el tiempo. 

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