Columnistas

Transgénicos para principiantes

La cooperación entre ser humano y naturaleza viabilizan estos procesos desde tiempos inmemoriales.

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

00:12 / 11 de julio de 2017

La agricultura ecológica (también llamada biológica, orgánica o natural) y la agroecología no son el cultivo de plantas que brotan en la naturaleza, sino la producción de alimentos sin la utilización de productos químicos, reciclando procesos para evitar insumos externos.

Se pueden reciclar todos los procesos y evitar todos los insumos externos menos la semilla. No se recicla porque no se obtiene de la misma planta; proviene de un proceso previo de mejoramiento genético para obtener determinadas características de forma y productividad. Si se reutiliza la semilla, la combinación aleatoria de genes (segregación genética) da lugar a plantas con frutos muy diferentes y de bajo rendimiento. Por eso, como sabe cualquiera que haya cultivado alguna vez un huerto, para volver a sembrar, la semilla debe ser comprada nuevamente al proveedor, quien garantiza que sea de las características deseadas. El éxito de la agricultura orgánica y la agroecología está basado en el uso de semillas de gran calidad genética, un insumo externo inevitable en el que reside precisamente la posibilidad de evitar productos químicos.

La recombinación genética a través del cruzamiento sexual es un proceso, tanto natural (a través de procesos aleatorios de creación de diversidad) como artificial (manipulada por el ser humano concentrando determinadas características de calidad y rendimiento). Por eso, los alimentos que terminan en los hogares son un producto de esa concentración dirigida a partir de características específicas como el sabor, color, tamaño y rendimiento de cosecha. Y aquello que no se come está en la naturaleza como una gran fuente de genes para un mejoramiento permanente de lo que sí se come. La cooperación mutua entre ser humano y naturaleza viabilizan estos procesos desde tiempos inmemoriales, con mucha mayor frecuencia entre seres vivos similares.

Pero eventualmente, tanto la naturaleza como el ser humano en los últimos tiempos recombinan genes de seres vivos diferentes, ya no solo entre plantas o animales o bacterias, sino también entre unos y otros. A este proceso natural o artificial de agregar o modificar genes que da lugar a un organismo se le llama transgénesis. Para la naturaleza es el sistema por el cual los seres sobreviven a los cambios de su entorno; y para el ser humano es la oportunidad de producir más alimentos sin destruir las fuentes de biodiversidad de genes que almacena en bancos de germoplasma. En nuestro país colectar y mantener germoplasma nativo sería una contribución mucho más efectiva que criticar la biotecnología.

Actualmente hay dos falacias que desprestigian la transgénesis. Una es presentarla como un proceso aislado, desligado de la milenaria historia del mejoramiento genético; y otra es el glifosato. La creación de una planta resistente al herbicida glifosato es una aplicación entre los miles de usos que puede tener la transgénesis. El glifosato no es sinónimo de transgénico. La transgénesis no está ligada simplemente a este herbicida, sino a innumerables usos, entre los que destaca para nuestro país el del maíz Bt, organismo genéticamente modificado que permite dejar de usar insecticida contra el ataque del gusano cogollero. La reducción en el uso de agroquímicos y la posibilidad de mayores rendimientos han dado lugar a que gran parte del mundo utilice semillas transgénicas. Por eso, el maíz y otros cultivos transgénicos entran a nuestro país silenciosa y permanentemente, tal como se coló la soya transgénica. Y es que la ciencia es universal e irreversible. 

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