Columnistas

Transparencia II: Ama ch’inya

Hay quienes enmudecen por conveniencia, por miedo, pánico o para no perder la pega.

La Razón / Xavier Albó

00:00 / 06 de enero de 2013

Cerré mi anterior columna sobre Ama llunk’u aclarando que no debe confundirse llunk’u con ser leal, fiel, mantener disciplina partidaria o la obediencia debida. Y me preguntaba si los “levanta manos” de los congresos serán lo primero o lo segundo.

La línea divisoria entre leal y llunk’u es comparable a la que Lucho Espinal encontraba entre prudente y cobarde. Y esto me lleva a proponer un quinto criterio ético de la transparencia, que aún no he visto plasmado en una fórmula corta. Lo llamaré ama ch’in o, mejor, ama ch’inya: “no callar”. Ch’in significa en quechua “silencio” y también “silencioso”. Pero hay dos clases de silencio. La primera es la de ese bellísimo e inspirador silencio de un amplio espacio abierto como el altiplano y las grandes montañas, donde día a día tantos comunarios se llenan de energía, el salar de Uyuni, un lago apacible bajo una noche estrellada; o también el silencio de la humilde y sobria celda de un monje o de una sobrecogedora catedral vacía: ch’in pacha… Ese silencio, denso y clamoroso, ayuda a encontrarse consigo mismo, con el Cosmos, con el Dios Padre Madre, o como cada persona y cultura llame a lo que dé el sentido más profundo a su existencia. A veces se le junta una suave brisa, el canto de algún pájaro, la quena del pastorcito, o la melodía religiosa de la catedral...quizás la del Noche de paz (stille nacht “noche de silencio”, en el original austríaco). Naturalmente no es este ch’in al que me refiero.

Expreso la segunda clase de silencio con la fórmula Ama ch’inya, entendida como “no enmudecer cuando hay algo importante que decir”; es la versión quechua telegráfica de frases más gramaticalizadas ama ch’inyakuychu (no te calles) o, en aymara, jan amukt’amti. Enfocándonos en nuestro tema inicial de la transparencia, me refiero al silencio cómplice del que sabiendo no avisa de algo grave: sin mentir formalmente, ya miente al ocultar parte de su verdad, pues la distorsiona. Se hace encubridor. Echa tierra sobre evidencias que sabe. En este sentido, el ama ch’inya complementa el ama llulla.

Es cierto que tampoco se tiene que propagar sin ton ni son a los cuatro vientos todo lo que uno sabe si ello perjudica las investigaciones o corre el riesgo de interpretaciones tergiversadas. Hay que mantener prudencia y ponderación; pero, como reiteraba Espinal, sin disfrazar tampoco de prudencia ni a la cobardía ni al encubrimiento. Hay quienes enmudecen por conveniencia, por miedo, pánico o para no perder la pega. Altas autoridades eclesiásticas han aprendido esta lección en casos después divulgados de pederastia; y en este tema hay que dar crédito al papa Benedicto XVI por su mayor transparencia. Finalmente, está la modalidad ama ch’inyachinachu: “no hay que acallar a otros”. Esta es la forma más grave. Puede ser haciendo desaparecer evidencias; o tapándoles la boca con plata, prebendas, amenazas; o incluso matando a quien “sabe demasiado”...

El refrán clásico dice: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. En nuestro tema, sería más preciso decir: “Dime quién te paga y te diré qué no dices”, sobre todo si se trata de medios de comunicación.

¿Calza algo de todo lo anterior también a gobernantes y funcionarios actuales, incluidas quizás algunas autoridades responsables de las instancias oficiales de transparencia?

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