Columnistas

Transporte público

Toda ordenación espacial será nula sin una adecuada acce-sibilidad al uso de medios de transporte

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:00 / 16 de mayo de 2012

No me parece inoportuno volver a tratar el asunto del tráfico vehicular, especialmente en grandes ciudades como es la sede de gobierno. Dejo para otra oportunidad el comentario sobre los altísimos índices de siniestralidad que se registran en las carreteras del país. Más impactante sería consultar (si posible fuere) a las miles de víctimas de esos accidentes, la mayoría de los cuales se habrían evitado si se cumpliesen las normas vigentes.

Me reduciré tan sólo al tráfico rodado de las ciudades, apoyando mi comentario sobre lo escrito por el famoso arquitecto español Fernando Chueca Goitia  en alguna de sus publicaciones sobre urbanismo: “Toda ordenación espacial será nula si no existe una adecuada accesibilidad al uso de medios de transporte en común eficaces, y una red viaria capaz e inteligentemente planeada”.

La realidad es que, con el crecimiento imparable de las ciudades, algunos barrios carecen de transportes o éstos resultan insuficientes. Entonces, el tiempo que tarda una persona en ir de su residencia a su trabajo se multiplica con el consiguiente desperdicio de energías y del buen humor de las personas afectadas. He aquí una de las razones por las que el municipio tiene que facilitar los medios de transporte en las zonas donde no los hay o no responden a los requerimientos de la población. Perder una hora o más, dos o cuatro veces al día en ir de casa al trabajo y viceversa, es un tiempo malogrado. Ya sé, en las grandes capitales del mundo, este desperdicio se considera normal. No obstante, en Bolivia, todavía estamos a tiempo para evitar esta forma de “explotación del hombre por el transporte”.

Esta incumbencia municipal, como acabo de mencionar, presupone una “red viaria inteligentemente planeada”. Imagine Vd., amable lector, qué sería caminar de un lado al otro sin correr el peligro de que un conductor imprudente le atropellara o le diera un susto con sus bocinazos ensordecedores. Y qué bien circularían los coches si los peatones no se le cruzaran por cualquier parte, sin respetar los cebrados. Y si los buses respetaran los lugares señalados para recoger pasajeros, en vez de parar en plena esquina, impidiendo la circulación de las cuatro calles coincidentes. Ésa sería la utopía puesta al servicio del peatón y del conductor.

Sin embargo, el hecho es que los sistemas de transporte surgieron en forma desordenada, de acuerdo con la intuición mercantilista de la que, enseguida, se adueñaron unos cuantos dirigentes sindicales. Cuando la Alcaldía pretendió poner un mínimo de orden, en beneficio de los usuarios, del transeúnte y del resto de conductores de vehículos, esos dirigentes impusieron su poder de paralizar la ciudad por dos días consecutivos, como hemos comprobado la semana pasada.

De lo que se deduce que la circulación vial es un asunto de todos. No sólo de la Alcaldía que puede dictar normas que no se cumplirán. Ni sólo de los choferes. Ni sólo de la gente que anda a pie y que corre toda clase de peligros cuando sale a la calle. Si, entre todos, se hiciera el pequeño esfuerzo de cumplir las normas establecidas, más las que dicta el sentido común, se evitarían muchos accidentes, las ciudades serían más habitables, la gente viviría con menos sobresaltos.

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