Columnistas

Trato inhumano

Entonces ya está muerta! Con esa frialdad nos habló  la doctora Gonzales del Hospital de Clínicas cuando le dijimos que mi abuela estaba helada. El Martes de Ch’alla en la madrugada, entre las 02.30 y 04.00, acudimos a emergencias de ese nosocomio en busca de auxilio, porque mi abuela estaba muy mal; allí vi la imagen más dantesca de mi vida. En el suelo y en las camillas, los enfermos, la mayoría ensangrentados producto de los excesos del Carnaval, abarrotaban el lugar. Entonces, la galena nos dijo que no había espacio y que no habíamos seguido el conducto regular del Seguro de Vejez.

La Razón / Iblin Linarez

02:16 / 26 de febrero de 2012

La doctora era una persona mayor, de pelo oscuro, estatura pequeña, tez blanca y con una mirada dura, quizás porque enfrentó centenar de veces a la muerte, ¿pero acaso eso le da derecho a brindar un trato inhumano a pacientes y familiares?

En un momento en el que se discute si los médicos deben trabajar seis u ocho horas, en el que los doctores se desgarran las vestiduras asegurando que no es justo y gritan que no se respetan sus derechos, yo les exijo a los galenos que tengan más humanidad para atender a los pacientes, que den un mejor trato a los familiares y que cumplan con su obligación de auxiliar y salvar vidas.

A veces se nos olvida que todos tendremos alguna vez un enfermo en casa. Esa madrugada, mi madre, mi tía y yo nos sentíamos vulnerables, impotentes, pequeñas e ignorantes ante la crueldad de la doctora Gonzales, quien se sintió tan superior que cuando le pedimos que por lo menos le  tomara los signos vitales, apenas miró a mi abuela y ni se le acercó, sólo nos dijo: “Tiene insuficiencia respiratoria”, algo que nosotras ya sabíamos sin compartir su profesión.

Esa madrugada, tanto los heridos como mi abuela agonizante merecían ser atendidos con respeto y consideración. Lamentablemente, eso no pasó. Nosotras nos retiramos, luego de rogarle que ayudara a la persona que nos dio la vida, algo irrelevante para ella.  

Al final nos fuimos al hospital La Paz, en la zona Garita de Lima, donde “le correspondía” ser atendida a mi abuela, y de donde, nos dijo la doctora, deberían llamarle y preguntar si había espacio para recibirla.

Dónde, cómo y a quién atender fue una atribución que se tomó esta galena. Quizás porque vio a mi abuela muy enferma y sin salida se negó a cumplir el derecho que tiene el enfermo de ser auxiliado, algo que no se le debería negar a nadie: viejo, joven, sano o ebrio. Ahora, si la doctora Gonzales me dijera de nuevo: “¡Entonces está muerta!”, le diría que sí, que mi abuela murió media hora después de que se negó a auxiliarla.

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