Columnistas

Trump, Europa y la Guerra Fría

Salta a la vista que el Presidente de EEUU utiliza enfoques trasnochados para reavivar rencores del pasado

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Barrios Íñiguez

23:52 / 31 de julio de 2018

En las cumbres de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Trump se comporta como elefante en tienda de porcelana. De entrada, no utiliza un lenguaje diplomático, lo que no es malo por sí solo; pero lo que dice es incoherente, incomprensible y peligroso. Aparece como un personaje arrogante, despectivo, suficiente, buscapleitos. Insulta, amenaza, divide.

Su leitmotiv “América primero”, que se resume en solo cuentan los intereses de los estadounidenses, ignora los análisis geopolíticos. Olvida la historia y el camino de las relaciones internacionales. Niega que los pueblos y naciones mostraron que, para vivir en paz, todos nos necesitamos. No ve que una cultura de paz tiende, con muchos fallos y tibiezas, a reemplazar la aberrante cultura bélica de la Guerra Fría.

Recordemos que a inicios de los 90, la implosión del campo en la Unión Soviética marcó el fin del bloque socialista; no fue el éxito del sistema capitalista. A partir de entonces, EEUU, cual gendarme designado por voluntad divina, creía ser el cerebro, el corazón y la conciencia del mundo. Participó en todos los conflictos, sin poder resolver uno solo. Pero su mayor error fue ignorar deliberadamente que la Guerra Fría había acabado.

Al llegar a Bruselas para la última cumbre de la OTAN (mecanismo de alianza militar) Trump designó Rusia como el enemigo. Parece no saber que Rusia, Europa y todos los países tienen un destino común: vivir o desaparecer juntos. De entrada, el Mandatario estadounidense acusó a la canciller alemana, Ángela Merkel, de haber “abandonado su matriz energética basada en el carbón y la energía atómica para caer en manos del gas ruso”. Luego le recordó que la “caída del Muro de Berlín” ha generado ganancias, y cínicamente agregó que Estados Unidos no recibió beneficio económico alguno.

El discurso que le dedicó al Presidente francés fue más moderado. Salta a la vista que Trump busca romper el eje franco-alemán; crear fisuras en torno a la reducción de las bases militares, la migración, la defensa de esferas de influencia comercial y tecnológica. Promete establecer acuerdos bilaterales para modular las medidas punitivas que EEUU quiere imponer de manera unilateral a quien no esté de acuerdo con sus ideas.

También busca acercarse a los gobiernos derechistas de los países de Europa Central y Oriental, para instalar tropas más cerca de las fronteras rusas, rompiendo tratados y acuerdos que garantizan espacios pacíficos. Para ello se aproxima a los gobernantes de los países Bálticos y nórdicos y apoya la emergencia de partidos ultraderechistas. Utiliza enfoques trasnochados para reavivar rencores del pasado.

En su visita a Londres, instó a la primera ministra británica, Theresa May, a cortar de manera dura su relación con la Unión Europea. A cambio, cual conquistador, le ofrece baratijas: propone a los ingleses tratados únicos, especiales y singulares. Sus burdos intentos se ven como una verruga en medio de la nariz. Trump quiere romper la UE con la potencia económica y militar de su país, cualidades que a su entender le autorizan a realizar toda clase de provocaciones. Esos exabruptos no debiesen preocuparnos, salvo que vienen de un país con una gran capacidad bélica y una enorme industria armamentista que alimenta sin ningún reparo las guerras y conflictos del mundo.

El último encuentro fue con Putin, quizás en la reunión que sostuvieron a solas le dijo que el destino manifiesto de Estados Unidos y de Rusia es repartirse el mundo. En todo caso, alguien debería decirle que la Guerra Fría ya se acabó y que los desquicios de ese talante no tienen sentido.

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