Columnistas

Trump y la teoría del gran mentiroso

Las mentiras de Trump son tan descaradas y frecuentes que equivalen a una sociopatía

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

08:47 / 18 de septiembre de 2016

Hace mucho tiempo, usted ya sabe quién insinuó que los propagandistas políticos deberían aplicar la técnica de la “gran mentira”: plantear falsedades tan enormes, tan atroces, que en general se aceptarían porque nadie podría creerse que estuviesen mintiendo a tan gran escala. Y desde entonces, la técnica les ha funcionado bien a déspotas y aspirantes.

Pero Donald Trump se ha inventado algo nuevo, que podemos llamar la técnica del “gran mentiroso”. Tomadas de una en una, sus mentiras son de tamaño intermedio; no son triviales, pero en su mayoría no llegan a ser un libelo de sangre. Sin embargo, las mentiras son constantes, llegan en torrente continuo, y nunca se reconocen, simplemente se repiten. Evidentemente cree que esta estrategia mantendrá a los medios de comunicación desconcertados, incapaces de creer, o al menos decir abiertamente que el candidato de un gran partido sea capaz de mentir hasta ese punto. Y el Foro de los Comandantes en Jefe televisado el pasado miércoles por la noche dio a entender que a lo mejor está en lo cierto. Puntualizo: no estoy diciendo que Trump sea otro Hitler; es más parecido a Mussolini, pero estoy divagando.

Volvamos al tema: todos los políticos son seres humanos, lo que significa que a veces todos ellos maquillan la verdad (muéstrenme uno que afirme no mentir nunca, y les enseñaré uno que está mintiendo). La cuestión es cuánto mienten, y qué consecuencias tienen sus mentiras. Hablando en plata, Hillary Clinton se ha mostrado reservada respecto a la organización de su correo electrónico cuando era secretaria de Estado. Pero si miramos lo que tienen que decir realmente sobre este tema los más enérgicos defensores de la mendacidad de la candidata, su argumento es, en realidad, muy endeble: la acusan de ser excesivamente legalista o de exagerar hasta qué punto ha sido absuelta, pero no de hacer declaraciones importantes que difieran por completo de la realidad.

Ah, y aunque los medios apenas le dieron difusión, su afirmación de que Colin Powell le había aconsejado crear una cuenta de correo privada era... completamente cierta, confirmada por un mensaje electrónico que Powell le envió tres días después de que ella asumiese el cargo, lo que contradice algunas de las afirmaciones del propio Powell. En general, su expediente de veracidad, reunido por PolitiFact, parece bastante bueno para un político; mucho mejor que el de muchos de los aspirantes a la candidatura republicana, y ya puestos, mucho mejor que el de Mitt Romney en las pasadas elecciones presidenciales.

Trump, por otro lado, es un caso aparte. Miente sobre estadísticas como la tasa de desempleo y la tasa de homicidios. Miente sobre política exterior (el presidente Obama es “el fundador del ISIS”...). Pero sobre todo, miente acerca de sí mismo, y cuando las mentiras salen a la luz, se limita a repetirlas.

Una pregunta evidente que entró en el foro del miércoles era si Trump repetiría su frecuente afirmación de que se opuso a la guerra de Irak desde el principio. Es una afirmación demostrablemente falsa: sus únicos comentarios documentados sobre el tema anteriores a la guerra la apoyan, y la entrevista que le gusta citar como prueba de su “premonición” tuvo lugar un año después de comenzado el conflicto. Pero sigue diciéndolo de todas formas; y si lo hubiera vuelto a hacer durante el debate, ¿cómo respondería Matt Lauer, el moderador? Pues bien, volvió a hacerlo, y Lauer, que empleó aproximadamente la tercera parte de su tiempo hablando con Clinton de sus mensajes electrónicos, lo dejó pasar y formuló la siguiente pregunta.

¿Por qué es aparentemente tan difícil obligar a Trump a responder por unas mentiras tan descaradas y patentes? Parte de la respuesta podría ser que los periodistas están abrumados por el enorme volumen de material indignante. Después de todo, ¿qué frase de Trump debería ser el titular de un análisis sobre el programa del miércoles? ¿La mentira sobre Irak? ¿El elogio a Vladímir Putin, que “tiene una tasa de popularidad del 82%”? ¿El haber denigrado al Ejército estadounidense, cuyos mandos, dice, han quedado “reducidos a escombros”?

Hay también un profundo retraimiento a la hora de señalar verdades incómodas. Allá por el año 2000, cuando empecé a escribir esta columna, me recomendaron no utilizar la palabra “mentira” en referencia a las falsas declaraciones políticas de George W. Bush. Que yo recuerde, me dijeron que era inadecuado ser tan franco respecto al candidato de uno de nuestros dos principales partidos políticos. Y algo similar podría estar ocurriendo ahora, cuando pocos en los medios de comunicación están dispuestos a aceptar el hecho de que el Partido Republicano ha nombrado candidato a alguien cuyas mentiras son tan descaradas y frecuentes que equivalen a una sociopatía.

Sin embargo, ni siquiera esa observación explica la asimetría, porque algunas de esas mismas organizaciones mediáticas a las que aparentemente les resulta imposible señalar las patentes y trascendentales mentiras de Trump no tienen problemas a la hora de acosar incansablemente a Clinton por pequeños errores y exageraciones en sus declaraciones, o a veces por actos perfectamente inocentes. ¿Cuestión de sexismo? Realmente no lo sé, pero resulta escandaloso.

Y mientras tanto, si la pregunta es si Trump puede realmente salirse con la suya en su rutina de gran mentiroso, la prueba del pasado miércoles sugiere una respuesta descorazonadora: a no ser que algo cambie, sí que puede.

Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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