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Trump vs. Obama: el último round

Cada vez queda más claro que tenemos que confiar más en nosotros y menos en los ‘líderes’ políticos.

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

01:29 / 26 de enero de 2017

Si no fuera porque a veces causan guerras y muchas muertes, ver a los políticos en televisión es tan divertido y tiene el mismo sentido que una serie como Friends, aunque en realidad son más unfriends (hostiles).  

Donald Trump ha chocado con Barack Obama y ha desafiado a los servicios de espionaje estadounidenses, mientras que sus conflictos de interés y su revolucionario uso de Twitter han marcado una transición atípica. Pero ahora le toca abandonar la virtualidad, luego de asumir como presidente de Estados Unidos el 20 de enero.

Lo acompañan, entre otros, Jeff Sessions, un senador sospechado de racista, como fiscal General. Rex Tillerson, jefe de ExxonMobil y un amigo de Putin que se opuso a las sanciones contra Rusia, será secretario de Estado. John Kelly, general de los marines, dirigirá el Departamento de Seguridad Interior; y Mike Pompeo, la Agencia de Inteligencia (CIA) norteamericana.

Aunque Trump cederá el “control” de sus 500 empresas a sus hijos, lo cierto es que son hijos suyos. Y sus conflictos de intereses podrían no terminar aquí. Sin que importen las sospechas de nepotismo, el hombre fuerte del nuevo gobierno, luego del Vicepresidente, será su yerno Jared Kushner, nombrado asesor y que también es hijo de un magnate inmobiliario que estuvo 18 meses preso.

Entretanto, Obama habló poco y actuó mucho. Rompió con tres décadas de tradición y no vetó una resolución de la ONU que condenaba al Gobierno israelí, lo que podría interpretarse como un golpe al sionismo de Trump que queda plasmado en su yerno, Jared, quien es un judío ortodoxo al punto de que logró que la hija del magnate inmobiliario, Ivanka, se convirtiera a esa religión.

Obama, además, prohibió la exploración petrolífera en parte del Ártico y en el Atlántico; trasladó varios presos de Guantánamo a otros países, con lo que solo quedan 55 en esa cárcel que Trump prometió “llenar”; ha favorecido al negocio de Planned Parenthood, la principal organización abortista; ha declarado zonas protegidas a territorios del Oeste; nombró más de 100 altos cargos; y conmutó las penas e indultó a más de 300 presos.

Respecto a estas medidas, Trump expresó su frustración en un tuit: “Estoy haciendo lo que puedo pa-ra no prestar atención a los muchos obstáculos y declaraciones indignantes del presidente O. Pensaba que iba a ser una transición tranquila. ¡No!” (sic). Aunque después, al mejor estilo Donald, aseguraba a la prensa que “la transición está siendo tranquila”.

El novel Presidente en principio desmintió a las agencias de inteligencia que acusaron a Rusia de estar tras los ciberataques durante las elecciones (lo que llevó a Obama a expulsar a 35 diplomáticos rusos y al cierre de dos sus instalaciones), y dio más credibilidad a las afirmaciones de Julian Assange, fundador de WikiLeaks, quien publicó los correos electrónicos más dañinos para la campaña demócrata y que niega que Moscú esté detrás del asunto.

Días después, se publicó que agentes rusos podrían tener información personal y financiera comprometedora para Trump, quien tuiteó: “¡Noticias falsas! Una auténtica cacería de brujas”. Por cierto, un senador republicano macarthista, de los que aman amordazar las opiniones, dijo que Assange “no es amigo de América ni de la democracia” y “ningún estadounidense debería dejarse embaucar por él”.

Sea como fuere, cada vez queda más claro que las personas tenemos que empezar a confiar mucho más en nosotros mismos y en nuestro prójimo, y menos, mucho menos, en los “líderes”, y menos aún en líderes políticos.

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