Columnistas

Tsunami amazónico

Los intereses políticos minimizan la magnitud de tragedias como la última inundación del Beni

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

00:00 / 21 de noviembre de 2014

Es parte del ecosistema de las extensas sabanas benianas inundarse todos los años, al ser una enorme planicie con muy poco declive. Sin embargo, el flujo de agua se ha ido incrementando desde hace tres décadas por la deforestación de las zonas altas de la cuenca (Chapare), sobrepobladas por la migración de colonos. El cambio climático ha aumentado la intensidad de lluvias en las montañas andinas y en 2008 se produjo una grave sobreinundación debido a esta combinación de deforestación y aumento de pluviosidad.

Este año la fragilidad del sistema fue rebasada por un nuevo suceso: la puesta en marcha de dos represas en el estado brasileño de Rondonia. Además de la tradicional deforestación de la cuenca alta que facilita el flujo de agua en el lado boliviano, su circulación ha sido disminuida por las represas, ocasionando un mar de agua casi inmovilizada. En ambos países los registros rompieron el récord de 50 años de medición hidrológica, llegando a sobrepasar en cuatro metros la cota de emergencia del nivel de agua en los ríos Mamoré y Madeira. En el lado brasileño varias ciudades declararon calamidad pública municipal; en el lado boliviano se trató el tema como una sobreinundación más, con total desprecio al padecimiento de la población y favoreciendo los argumentos de las empresas privadas responsables de las represas, que hasta ahora siguen negando que sean parte del desastre. 

Ahora que todo pasó, es bueno recordar que los fenómenos que ocasionaron la tragedia siguen latentes, solo se necesita un calentamiento de las masas nubosas generadas en los bosques amazónicos que se aglomeran al este de la cordillera, que al chocar con aires fríos desencadenarán un flujo voluminoso de agua.

De la misma forma en que los intereses económicos de grandes empresas siguen negando la influencia humana en los daños al medio ambiente, pese al irrefutable aumento de temperatura que derrite enormes glaciares y a los cambios del nivel de mareas que van inundando grandes territorios, los intereses políticos minimizan la magnitud de tragedias como la última sobreinundación del Beni que produjo un verdadero tsunami amazónico. El desastre no solo estuvo en una sobreinundación sin precedentes, sino en la indiferencia gubernamental que por mezquinas razones políticas circunstanciales desatiende uno de los ecosistemas más valiosos del mundo, que al ser de praderas naturales es un tesoro de forraje biodiverso.

En los tiempos actuales en los que se considera a la ganadería bovina como la actividad más destructiva del planeta, por su expansión sobre la base de la destrucción de bosques y a su enorme consumo de agua no contabilizada en sus costos, entre muchas otras razones, la sabana inundable es un recurso invaluable para desarrollar ganadería sustentable. Toda la ganadería de tierras bajas de Bolivia podría caber en las sabanas inundables del Beni y del Pantanal, donde no se han destruido bosques y donde la abundancia cíclica de agua permite su almacenamiento para un uso eficiente. Pero las razones políticas para vender a la Madre Tierra y socapar a los grandes capitales (entre los que no solo están los de las constructoras de represas, sino los de la ganadería ineficiente de otras regiones que pretenden seguir desforestando el país) no solamente siguen vigentes, sino que se han fortalecido. Triste destino de una región y del mundo, condenados al liderazgo de quienes mercantilizan todos los aspectos de la vida.  

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