Columnistas

Tuayllo para el Tata Santiago

En la serranía kallawaya, las chicas y los chicos de ese lugar y de éste se conectan, se descubren entre sí

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

23:00 / 05 de agosto de 2017

Un grupo de jóvenes de la urbe paceña llega a Upinhuaya (Charazani adentro) el 25 de julio, día del Tata Santiago, patrono de la comunidad. Esta vez no sacarán al Santo porque el preste está de luto; les dicen.

Hace casi cien años, Antonio Gonzales Bravo ya registraba wayñus de comunidades indígenas del altiplano; entre otros, el tuayllo, originario de Upinhuaya, cuyas transcripciones publicó en Cultura callawaya (sic) de Enrique Oblitas Poblete en 1963. Para 1979, cuando empezábamos la gesta de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, éste era el único vestigio del tuayllo, que da nombre tanto a una danza como a su tonada y al instrumento musical (un tipo de siku).

Al comando del investigador y compositor Carlos Gutiérrez la delegación entra en Upinhuaya a indagar por el tuayllo. Algunos habitantes dan cuenta de que “antes se bailaba”, pero que ya desde los años 70, por intervención de misioneros evangelistas, esta manifestación cultural había quedado proscrita. Idolatría, pues... Basados en las transcripciones de Gonzales Bravo, estos muchachos y muchachas de 2017 se animan y tocan tuayllo en el mismo Upinhuaya guiados por algunos referentes afines conocidos (los sikus Khantus e Italaki) y mucho por su propia memoria celular,  seguramente.

Entonces es cuando se presenta Don Casimiro Mamani, comunario de unos 75 años, sikuri (tocador de sikus) sobreviviente del tuayllo, a reconocer con emoción la tonada que la OEIN viene a devolverle. “Sí, así era; así es”, dice; y les enseña lo que no sabían: la introducción y la salida no registradas por Gonzales Bravo. Don Casimiro se integra tocando, y la comunidad entera se congrega para escuchar su pasado, porque el hecho está moviendo las profundidades de la memoria y el alma.

Alguien trae ahora a Don Daniel Palluca, venerable anciano a presenciar el acontecimiento inesperado. Se quiebra, llora y llora. Quién sabe qué fibras le tocarían esos sonidos; sus sonidos perdidos (...) Trascendida la emoción, el propio Don Daniel ahora enseña, porque quien toca tuayllo —sostiene— debe tocar también la cacharpaya cuando corresponda el repliegue de la comparsa. Así, sobre la marcha y fieles a la tradición oral, el maestro transmite a los azorados sikuris urbanos que reciben el bien inmaterial en una comunión de tiempos y espacios: el pasado en el presente, la ciudad en el campo.

Hay conmoción en Upinhuaya. La población va por el Tata Santiago; porque no habrá preste, pero la circunstancia justifica sacarlo en procesión al influjo del tuayllo que el Chuquiawu Marka está trayendo de vuelta. Y en cada esquina de la plaza se detienen y celebran y rezan; en andas el Tata, y rajando el aire los sikus restituyendo la herencia extirpada. Formidable.

Allá, en la serranía kallawaya, las chicas y los chicos de ese lugar y de éste; de ese tiempo y de éste; imillas y señoritas, lluqallas y jovencitos, se buscan, se conectan, se descubren entre sí, protagonizando un episodio cargado de paradojas, enmiendas y desafíos donde el país entero podría reflejarse. Y acuerdan: en 2018 habrá preste y la OEIN está invitada para la celebración, sumándose a la tropa de sikuris de Upinhuaya que ya dispone la reposición plena del tuayllo a su patrimonio. El Tata Santiago así lo quería, y lo logró con su espada invencible.

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