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Turista con horario

Nuestros centros turísticos deberían cobrar lo necesario para atraer a propios y extraños

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:53 / 17 de septiembre de 2015

De pronto llega un correo donde alguien a quien aprecias mucho te anuncia que vendrá a visitarte de muy lejos y por primera vez pisará el mismo suelo, se sentará a comer en la misma mesa y serás su guía en un lugar que crees conocer muy bien. En un segundo correo lees la pregunta que te sobresalta “¿Qué podemos visitar en La Paz y Cochabamba?”. Mentalmente recorres La Paz, te ubicas en la plaza Murillo, el Museo de San Francisco, el Museo de Arte, la calle Jaén, el teleférico. En Cochabamba el recorrido será por el centro, la Catedral, el Cristo de la Concordia, sin descuidar Portales, la Casona Mayorazgo, la lista se amplía según dicta tu entusiasmo.

Primer día en La Paz, después de los abrazos de bienvenida decides aprovechar para visitar los museos más pequeños. Llegas y la primera sorpresa es que cierran al mediodía, propones volver por la tarde. Lo haces y te encuentras con la segunda sorpresa, que se repetirá en la mayoría de los otros museos (salvo algunas excepciones), no hay guías en inglés ni letreros en otros idiomas que no sean en español. Tu visitante no habla castellano y tú no tienes suficiente información.

Llegas a Cochabamba, acostumbrado a ser turista en otros países aseguras que los centros turísticos abren los sábados y domingos. Para tu pesar en la llajta los turistas y tú tienen que visitar museos y otros atractivos de lunes a viernes. Algunos alcanzan el sábado al mediodía. Tanto en La Paz como en Cochabamba consultas los precios de museos y otros paseos, feliz constatas que no te equivocaste porque realmente son baratos, incluso para los extranjeros que pagan un poquito más. Te pones a hacer cálculos y no hay punto de comparación en cuanto a costos. Recuerdas lo que pagaste por subir al Empire State para deslumbrarte mirando Nueva York. ¿Cuánto por subir a la Torre Eiffel? Ya no te acuerdas del precio para conocer el Teatro Colón de Buenos Aires. Solo sabes que vale la pena poder decir “yo estuve allí”.

Esos recuerdos te llevan a pensar que sería mejor que en nuestros centros turísticos cobren lo necesario para convertirse en verdaderos imanes que atraigan a propios y extraños. Rodeados de servicios con información interesante traducida a otros idiomas, abiertos a la hora del almuerzo, con la posibilidad de comer en restaurantes dependientes de estos espacios. Es necesario capitalizarlos con dinero del Estado, de las gobernaciones y los municipios, según sea el caso. De esa manera se abrirían fuentes de empleo para diseñadores, traductores, guías, artesanos, gastrónomos y personal administrativo. El turismo tiene que ser planificado como una gran industria. Quien ofrece migajas, recibe migajas. Tenemos mucho que mostrar, nos falta implementar para deslumbrar.

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