Columnistas

Unesco: entre la cruz y la espada

Nunca antes los conflictos mundiales habían repercutido con tanta intensidad en esa elección.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:17 / 21 de octubre de 2017

El viernes 13 de octubre terminó el día más largo en la reciente historia de la Unesco, con la elección de la franco-marroquí Audrey Azoulay como directora general de esa organización, fundada en 1945 para ser la rectora moral e intelectual del sistema de Naciones Unidas. Nunca hasta ahora los conflictos mundiales y las rivalidades regionales habían repercutido con tanta intensidad en esa elección, reservada aparentemente solo a escoger al burócrata administrativo.

Los 58 miembros del Consejo Ejecutivo fueron llamados a depositar su voto secreto por nueve impetrantes, provenientes de Azerbaiyán, China, Vietnam, Líbano, Guatemala, Irak, Egipto, Catar y Francia. En cinco sucesivos escrutinios quedaron todos eliminados, salvo los dos últimos, quienes se sometieron a un dramático balotaje que terminó 30 a 28 en favor de la exministra gala, o sea, con solo la diferencia de un voto decisivo. Decenas de diplomáticos, cabilderos, periodistas, estrategas y hasta cajeros discurrían —teléfono al oído— en los pasillos aledaños a la Sala X, donde se realizaba el debate.

Para Catar, favorito en los sondeos, se jugaba su prestigio diplomático gravemente averiado desde que los países del Golfo determinaron poner en cuarentena al pequeño emirato, generoso donante en el ámbito político y hasta deportivo y sede de la potente red televisiva Al Jazeera, aduciendo sus vínculos inquietantes con Teherán. Irónicamente aquel aislamiento coincidió con la visita de Donald Trump a Riyad el 20 de mayo de 2017, para la suscripción de un millonario contrato de venta de armas. La agria rivalidad entre Irán y Arabia Saudita se trasladaba así a la contienda convocada en París, para medir fuerzas del supuesto satélite persa contra Egipto, aliado de los wahabitas.

Cuando las instrucciones gubernamentales les resultaron obsoletas, la mayoría de los plenipotenciarios acreditados en la Unesco resolvieron inferir sus propias conclusiones, no siempre felices. Esa geometría geopolítica favoreció a la presencia de Francia, intrusa en el pleito. No por mera coincidencia, un día antes del cómputo final Estados Unidos decidió retirarse de la organización, aludiendo una banal situación de contabilidad y la presunción de un supuesto sentimiento antiisraelí en sus bancadas que favorecen habitualmente posiciones propalestinas. La verdad es que si esa medida era adoptada luego de la esperada victoria catarí, hubiese significado una torpe represalia. En efecto, si ese hubiera sido el caso, Arabia Saudita y otros estados golfistas también amenazaron con dejar la Unesco.

En medio de ese enjambre geopolítico, las finanzas unesquianas están próximas a la bancarrota. El alejamiento estadounidense le priva del 22% de su presupuesto regular, y el congelamiento del pago de esas cuotas desde 2011 acumula una deuda de 543 millones de dólares. Es verdad que medidas legislativas imponen al Congreso estadounidense desde los años 90 cortar su contribución a aquellas agencias de Naciones Unidas que acepten a la Autoridad Palestina como miembro. Esa sangría contable implicó una reducción en actividades programadas y la supresión de puestos (de 2.114 cargos en 2011 se redujeron a 1.467 en la actualidad).

Ante esas negativas circunstancias, la Unesco recibió desde 2011 aportes voluntarios de los países para sostener proyectos extrapresupuestarios, pero la eventualidad de estas contribuciones no son solución a largo plazo. Por ello, para la nueva Directora General la gestión del pronto retorno de Estados Unidos al seno de la Unesco deberá ser su primera prioridad, tanto por razones económicas cuanto para preservar la universalidad de la institución, sin privarse de la participación de tan importante potencia mundial.

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