Columnistas

El año excepcional de la valla invicta

Corre el año 1930 y están pasando muchas cosas, algunas excepcio-nales, irrepetibles

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo *

23:40 / 14 de febrero de 2017

Imagina una noche a finales de agosto. Una noche fría de invierno, hace casi un siglo. Piensa en la sala de redacción de un viejo periódico con sus flamantes Underwood echando humo. Imagina que tres tipos —con sombreros marca Stanton y sacos recién pasados por la Tintorería Japonesa de la calle Yanacocha No 18— han irrumpido en El Liberal y preguntan por el gacetillero de la columna Al vuelo.

El tipo más enojado se llama Cecilio Guzmán de Rojas, célebre pintor potosino que viene de triunfar en Madrid, de codearse con Picasso en París y está poseído de una indignación capaz de inducir a cualquier temeridad. Sus dos compinches son Jorge de la Reza y José Manuel Villavicencio y no pueden impedir que el “Brujo de Llojeta” arremeta a puñetazo limpio contra el periodista que se ha identificado como Guillermo Céspedes.

Imagina una época que los periodistas teníamos que defender a cachetazos lo que habíamos tecleado. Céspedes, viejo lobo de mar y subdirector de El Liberal, sabe usar los puños. Por eso, don Cecilio saca una pistola y dispara. La Policía detiene al pintor por asesinato frustrado y el Partido Liberal, días más tarde, se pronuncia así: “es noble el perdón y caballeroso, el olvido”. Aquí no ha pasado nada, salvo una bravuconada regada por alcoholes. Pero no es verdad. Corre el año 1930 y están pasando muchas cosas, algunas excepcionales, irrepetibles.

El club más veterano de nuestro “sportismo”, The Strongest, ha salido otra vez campeón. Eso no es noticia; pero lo ha hecho sin perder un solo partido, con la valla invicta, sin que nadie haya podido meter ni un solo tanto a su “goal keeper”, José Bascón. Ese logro no se vuelve a repetir nunca.

Entre mayo y julio, el gualdinegro es una apisonadora: Universitario cae derrotado en mayo (7-0); Independiente el 8 de junio (1-0); Nimbles, 5-0 el 19 de junio; y los rosados-negros del Cordillera Royal, 5-0 el 13 de julio. Hasta que llega la sexta fecha, la gran final, contra Bolívar, un domingo 27 de julio. El resultado es el mismo: otra victoria con valla invicta con goles de Froilán Pinilla (el primero y el tercero), Chávez y Peñaranda, en propia puerta. El “eleven” gualdinegro ya es leyenda: Bascón en el arco; Quisbert-Donato González (hermano del gran “Pachacha”) en la defensa; Guillermo Urquizo, Emilio Beltrán y Eduardo “Chato” Reyes Ortiz, de “backs”; José Rosendo Bullaín y José Toro (“wines”), Chávez y Sánchez (“insiders”) junto a Froilán Pinilla (el goleador del equipo) cerrando de “centre forward” el quinteto de delanteros.

Corre el año 1930 y están pasando muchas cosas. La Paz ha visto cómo el presidente Hernando Siles ha inaugurado el flamante estadio bautizado con su nombre que fue diseñado por Emilio Villanueva, socio stronguista.

Ese jueves 16 de enero se declara feriado para la apertura con clásico paceño. Se enfrentan Deportivo Universitario y el viejo The Strongest. Veinte mil personas ven el primer gol en el “Gran Stadium Presidente Siles”, marcado por el emblema Eduardo “Chato” Reyes Ortiz. El “score” final señala: 4-1 con arbitraje del argentino Jacobo Waisman, que esta vez (solo por aquella vez) no se hizo al “waisman”.

En mayo, el Presidente se da un autogolpe y deja el poder en manos de su gabinete. Es tan insólito que no se vuelve a repetir, como el título con valla invicta. Un golpe de Estado trae una Junta de Gobierno Militar presidida por el general Carlos Blanco Galindo, que cambia el nombre de la cancha de Miraflores, se llamará La Paz. Siles, que huye a Arica, se ha quedado sin estadio.

Imagina un año excepcional. Imagina que se juega el primer Mundial de fútbol, que se clausuran las chicherías paceñas para “resguardar al indio y al obrero”, que llega el cine “parlante” al Teatro Municipal, que Tamayo propone el derecho al tiranicidio, que una torre del templo de La Recoleta aparece un 28 de diciembre inclinada, como Pisa. Imagina otro tiempo en este lugar, un “pim pam pum”, un designio: el día que alguien invente una máquina del tiempo, yo me voy a ir a vivir a 1930 y averiguaré qué enojó tanto al “Brujo de Llojeta”.

* es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.

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