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Vamos a la selva

En un Estado de derecho, las personas se organizan y delegan las responsabilidades de gestión, organización y orden a instituciones y autoridades. La idea es que, a cambio de perder algunas libertades, los miembros de esta sociedad quedan protegidos de la llamada “ley de la selva”: los necesarios abusos que surgen en el diario conflicto por la sobrevivencia.

La Razón / Verónica Córdova es cineasta.

02:52 / 22 de enero de 2012

En ese esquema político clásico, una de las libertades que supuestamente pierde el ciudadano a cambio de recibir protección y orden es la posibilidad de zanjar de forma personal y directa sus problemas, como lo haría cualquier león que se respete. En cambio, en una sociedad organizada, para resolver conflictos que pueden llegar a ser violentos se establecen tres mecanismos básicos: un cuerpo legal que define qué está permitido y qué no, y cuales las sanciones por hacer lo no permitido; unas fuerzas del orden con la  potestad de forzar a los ciudadanos a cumplir esas normas con medios más o menos violentos; y una estructura judicial que determina castigos en caso de que se hayan roto las normas de convivencia.

Así, en maqueta, este es un modelo equilibrado y funcional. Sin embargo, todo el esquema depende de la eficiencia, efectividad y solidez de la segunda instancia, la llamada fuerza del orden. Si los ciudadanos no confían en ella, todo el sistema se desmorona y la gente vuelve a saldar sus rencillas y problemas directamente, como los leones. ¿Cuántos linchamientos hubo en el país en 2011? ¿Cuántos barrios cuelgan carteles y muñecos amenazando de muerte a posibles asaltantes?

Además, si la Policía no es eficiente resulta para el Estado cada vez más peligroso acudir a ella para poner orden. Si en el fragor de un conflicto no se maneja de manera técnica y ordenada, y cada vez que interviene provoca más muertos y heridos de los que habrían existido si se quedara en sus cuarteles; si aparecen balas de calibre letal cuando se le ha ordenado usar sólo armamento disuasivo; si reprime con violencia, amarra, golpea y arrastra sin haber recibido la orden requerida y por la cadena de mando respectivo; si después de que interviene el conflicto en lugar de resolverse se agrava y se descontrol, entonces, ¿para qué sirve la fuerza del orden?

Si no tenemos una Policía que nos proteja y nos ayude a resolver humanamente nuestros problemas, entonces más nos vale repartir silbatos, palos y guantes y volver a la selva de una vez por todas.

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