Columnistas

Van a colgarlo, Carmen*

Es uno de los hábitos del tiempo, un rito que ejecuta Goyeneche para tapar la vida con el viento

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 28 de enero de 2015

Lo han apresado, Carmen, ha caído en su escondite, en Zongo, traicionado por el compadre aquel que vos creías el callado anfitrión. Ya lo han traído a rastras, caminando seis días tras un zaino y amarrado, soberbio en su agonía, con una suerte de terror sagrado. Su casa de Cruz Verde fue invadida y ya dieron captura a los tuitivos Catacora, Jaén, García Lanza, el Pilinco, Sagárnaga, Graneros, Jiménez y los otros conjurados. Te digo que estos hombres de la gesta van a morir también bajo suplicio (al menos no serán barro de olvido como los escondidos en Llojeta).

En la cárcel que fue de los esclavos aymaras, negros y saltapatraces, donde tuvieron preso a Julián Apaza, ahí guardan a Murillo desde el martes. Dizque lo ahorcarán después de misa. Van a colgarlo, Carmen, en la plaza, la muerte sin honor en la ignominia patibularia por ser un cabecilla. Dicen que le pidieron con una hostia el arrepentimiento. ¿Por qué, de qué, carajo?, si rebelarse contra el despotismo es acto natural del ofendido.

Van a colgarlo, Carmen, en la plaza. Es uno de los hábitos del tiempo, un rito que ejecuta Goyeneche para tapar la vida con el viento. No quieren florecer ya las retamas y el Choqueyapu baja en estos días con las aguas cargadas del tormento.

Izarán a Murillo en plena lluvia, le quitarán el aire, no la gloria. Expondrán su cabeza en la picota para escarmiento ¡ja! de los paceños que ya se hicieron dueños de la aurora y claman libertad con todo el riesgo de proclamarse libres, Carmen, libres en la cima, a tres mil seiscientos metros del gobierno del clima, el más tirano, pero donde la alquimia combativa de los ch’ukutas del nevado y yungas, del altiplano y los pueblos de arriba, convierte a los tiranos gachupines en polvo, en nadie, en todo que se olvida.

Lo tienen preso, Carmen, y te digo: seguiré en la conjura todo el tiempo. Estamos divididos, es difícil conciliar con las huestes de Indaburo y tampoco nos hablan los soldados del jefe que tú admiras, el Antonio de Castro. Lo que me pase hallará consistencia en los arcones de tus ojos que amo y en tu silencio cómplice a mi lado.

Me voy, me voy... Oíme bien, amor, ya no maldigas ni desesperes, no llores más. Te juro, venceremos. La Paz es un inmenso cortinaje de niebla y libertad cuando amanece. Y al fin te pido, Carmen, será lindo que al hijo que tendremos en febrero lo llames como él, Pedro Domingo.

*(El 29 de enero de 1810 colgaron a Pedro Domingo Murillo en la plaza colonial de La Paz).

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia