Columnistas

Velocidades urbanas

A menor velocidad, el tráfico vehicular es más fluido, porque se adapta mejor al ritmo de los ciudadanos.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

02:22 / 21 de febrero de 2013

Al parecer no existe ciudad de mediana dimensión poblacional y territorial que no enfrente el problema de la velocidad vehicular en sus urbes, con serias consecuencias de accidentes en los que pierden la vida miles de personas; y mucho más en las grandes metrópolis, donde se han iniciado distintas campañas referidas a la reducción de la velocidad de los motorizados. El salvar vidas y evitar dañar irreparablemente (física y psicológicamente) a las personas en algún siniestro es la principal razón en la que se basan esos mensajes.

Asimismo, la población ha comenzado a exigir que se norme la velocidad vehicular de 40 km/h en los centros urbanos. “Las ciudades no son carreteras”, señala la gente en sus argumentos de defensa de la vida. Este principio debiera ser aplicado en muchas avenidas de la ciudad deLa Paz, por ejemplo en algunas que conectan el sur con el centro urbano. Buses, trufis, minibuses y demás suben y bajan a velocidades muy altas, especialmente en horas pico. Llenos de gente, aceleran sus motorizados olvidando y desconociendo que una de sus responsabilidades es preservar la vida de los usuarios y la propia. Sin embargo, como todo, esa realidad presenta su contraparte. Y son justamente ciertos usuarios quienes exigen mayor velocidad al chofer cuando están retrasados. Empero, es necesario exigir que se norme la velocidad de los automóviles acorde a las características de las avenidas y calles paceñas. Así se evitará que los excesos de ambas partes se conviertan en grandes y dolorosas pérdidas humanas.

De igual manera sucede en otros barrios, como el norte de la urbe, donde la infinidad de actividades comerciales en calles y avenidas convierten a dichas arterias en un lugar de riesgo, por los abundantes peligros que presentan para el infortunio. Allí la población camina al medio de los motorizados, que aprietan el acelerador en cualquier espacio libre, sin pensar que un mínimo descuido podría convertirse en tragedia.

Generalmente, en la mayoría de las ciudades se piensa que el servicio de los buses contrarresta esa realidad. No obstante, en esta urbe esos vehículos casi siempre están en medio de las calles y avenidas, cruzando a diestra y siniestra al resto de los motorizados, olvidando que deben conservar su derecha.

Independientemente de todo lo expuesto, el reducir las velocidades urbanas trae beneficios como la mejora del tráfico vehicular. A menor velocidad, éste es más fluido, porque se adapta mejor al ritmo de los ciudadanos. También se reduce la contaminación, porque se alivianan las emisiones nocivas para el medio ambiente y la salud, como los dióxidos de carbono y de nitrógeno; y sobre todo, disminuyen las posibilidades de morir atropellado. Cabe remarcar que, en las ciudades donde se ha normado la velocidad de los motorizados y controlado su cumplimiento, los gestores afirman que el espacio de las avenidas parecería que se hubiese vuelto a diseñar, ya que los coches se sienten invitados y no los protagonistas.

La Paz está aparentemente en una etapa de cambio de dirección del transporte público; por ello recuperar, las normas de velocidades y controlar su cumplimiento son una respuesta a una urgencia del presente.

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