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Verde

El mayor desafío ‘ver-de’ está en nuestros ríos y riachuelos. Ojalá un día dejen de ser alcantarillas.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

04:07 / 05 de febrero de 2013

Los llamados espacios “verdes” urbanos en esta ciudad se han transformado por dos razones: por el cambio climático y por las últimas gestiones municipales.

Tengo recuerdos de décadas pasadas de una ciudad francamente gris, fría en extremo y con menos bichos que la actual, que por algunos momentos caniculares se torna irreconocible. Paradójicamente, el nefasto “cambio climático” ha transformado la temperatura paceña a tal extremo que ya se escucha decir: “falta poco para que aquí, en La Paz a 3.600 msnm, precisemos repelente”. Y esto se transforma en progresión geométrica. Nuestros cerros y montañas están más verdes en esta época de lluvias veraniegas que, rogamos, sean más benéficas que devastadoras.

Por otra parte, debemos reconocer que, por las últimas gestiones municipales, esta ciudad tiene parques y zonas de esparcimiento más trabajadas y protegidas: muchas plazas y camellones, el Parque Urbano Central, el Jardín Botánico, el Parque de Las Cholas, la Laguna de Cota Cota, el Parque Pura Pura y otros han renovado la fe en la posibilidad de tener una ciudad amable y vivible. Y dentro de este conjunto, debo resaltar los espacios urbanos que poseen una enorme capacidad de congregación social. En esa categoría, quizás los más representativos sean el llamado Parque del Sol en Mallasa y el Parque Bartolina Sisa. En ellos se reúnen los fines de semana las clases sociales que más aceptan estos proyectos y que provienen de zonas alejadas. Los vecinos de los barrios del sur no comparten esa intensa relación social y natural.

Ambos parques son muestras vivas de espacios públicos exitosos, con una apropiación social en masa y enormes beneficios sociales y ambientales para la ciudad. Ahí se reúnen grupos familiares y de amistades que deciden pasar al aire libre todo el día, interactuando en juegos, en comidas, en charlas familiares, en descanso a cielo abierto. En suma, en una vida sana sin la paralizadora televisión ni el sofocante tráfico urbano. Por unas horas, los habitantes de esta ciudad compartimos en la naturaleza lo que el asfalto nos quita a diario.

La Organización Mundial de la Salud establece un mínimo de 9 m2 de área verde por habitante. Nosotros estamos muy por debajo de ese límite. Pero es muestra de hidalguía reconocer que se ha recuperado la fe en un futuro más “verde”. Renovando las estrategias de intervención en muchos espacios que, como grandes vacíos existen en la ciudad, podremos legar a nuestros hijos una ciudad humanizada y más estable.

El mayor desafío “verde” está en nuestros ríos y riachuelos. Ojalá un día dejen de ser alcantarillas abiertas, que corren como un símbolo pestilente de nuestra irracionalidad.

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