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Verónica Cereceda
La antropóloga Verónica Cereceda no se hunde por esos reveses, vuelve a renacer, como el ave fénix
La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó
00:00 / 02 de julio de 2017
En medio de la alegría general por el feliz retorno de los nueve bolivianos que estaban retenidos en Chile, yo voy a charlar de un caso opuesto, sobre una chilena totalmente enamorada de Bolivia, donde ha transcurrido ya la mayor parte de su vida: la antropóloga Verónica Cereceda, especialista, entre otras, en la interpretación estética y semiótica de los tejidos andinos. La ocasión ha sido su petición de que yo presente su nuevo libro: De los ojos hacia el alma (Plural 2017).
Verónica ha tenido reveses graves en los últimos años. Uno fue la precipitada y mal consensuada toma de su museo de Capellánicas por parte de la Gobernación de Chuquisaca, quitándole así buena parte de sus ingresos regulares. Ello le ha permitido mostrar otra virtud nada común: no se hunde por esos reveses, vuelve a renacer, como el ave fénix. Tiene más vidas que los gatos, ocultas en su diminuta figura arrugada y envejecida por los años.
Este nuevo libro recoge cinco textos ya publicados en francés, inglés o castellano fuera de Bolivia, pero de poco acceso local, salvo el tercero, Aproximaciones a la estética andina, de la belleza al tinku. Ese texto era y es parte de un libro mayor que debía ser publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Pero esa instancia especializada de las Naciones Unidas pasaba entonces por su propia crisis. Llamada a veces también la Negresco, por el peso que en ella tenían los países africanos, propuso un “nuevo orden comunicacional mundial” en el que los países chicos tendrían un mayor rol, pero eso no le gustó a Estados Unidos que, siendo el mayor contribuyente en la Unesco, le quitó entonces su apoyo, obligando a muchos a buscarse la vida en otras partes. Ahí ya estaba para ser publicado, un libro que yo coordinaba, en una nueva colección titulada Raíces de América, cuyo primer volumen era una obra de mi autoría titulada El mundo aymara. Cuatro de los coautores (Platt, Harris-Bouyssse y Cereceda se unieron para publicar ya en Bolivia, en una edición semiclandestina, sus tres contribuciones que aparecieron, con mi consentimiento, como Tres reflexiones sobre el pensamiento andino (HISBOL, 1987).
La crisis de la agencia de las Naciones Unidas seguía, pero gracias a Sánchez Albornoz, muy amigo de Murra, se destrabó la publicación del libro mayor, coeditado finalmente por Alianza Editorial y la Unesco en Madrid en 1988. Pero de esta edición completa llegaron pocos ejemplares a Bolivia. La mayor difusión local la tuvieron las Tres reflexiones sobre el pensamiento andino.
En los cuatro textos sobre textiles, Cereceda se concentra en sus estudios sobre Isluga, Chuani y Chipaya, combinando la semiótica de Greimas, en Francia, con muy oportunas citas del vocabulario de Bertonio (1612). Pregunté a Verónica por qué no añadió algo sobre los tejidos jalja con sus khurus o animales fantásticos tan sugerentes, unos dentro otros; siempre rojo y negros. Ella respondió que ello exigiría otro libro. Ojalá llegue pronto.
Concluiré con la versión en tejidos de la humanidad anterior que quedó achicharrada con la salida del sol, por el este. Lo plantea primero en el capítulo 2 “a partir de los colores de un pájaro”, el alqamari o suerte María: sus cuatro primeros años tiene un color uniforme plomo-café (suwamari), que reflejaría aquella primera humanidad; pero entonces lo cambia todo por el doble color contrastante blanco y negro allqamari (ver la tapa del volumen). Los chipayas (cap. 4 y 5) se llaman a sí mismos chullpa puchu porque se liberaron de morir metiéndose en el agua, y ahora sienten incluso orgullo por ser directamente descendientes de aquella primera humanidad que vivía en una penumbra en la que, sin distinguir día y noche, siempre veía algo en la penumbra. Eran y son además muy buenos en todo lo religioso.
es antropólogo lingüista y jesuita.
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Veronica, Cereceda