Columnistas

Viaje al centro de la tierra satírica

El personaje del título descubre un universo no en la superficie, sino debajo de la Tierra

La Razón / Umberto Eco

00:01 / 03 de junio de 2012

Algún día, cuando me canse de buscar temas apropiadamente actuales para abordarlos en esta columna, me gustaría empezar una serie de reseñas literarias tardías. Escribiré sobre libros que salieron hace muchos años como si hubieran sido publicados hoy; libros que podrían ser dignos de ser leídos de nuevo. Por ejemplo, con la intención de ver sus curiosas ilustraciones, recientemente tomé de mis estantes la edición de 1745 de Nicolai Klimii iter subterraneum novam telluris (El viaje subterráneo de Niels Klim) de Ludwig Holberg. Por supuesto, la traducción al italiano publicada en 1994, Il viaggio sotterraneo di Niels Klim, es quizá la versión más socorrida, ya que contiene muchas más ilustraciones que las primeras impresiones del libro.

Holberg, que nació en Noruega y posteriormente vivió y trabajó en Dinamarca, produjo una obra clásica de literatura utópica, del tipo de la de Sir Tomás Moro de Inglaterra, Tommaso Campanella de Italia y Jonathan Swift de Irlanda. Pero Holberg se apartó un poco de la obra de sus predecesores al escribir el relato satírico de Niels Klim: El personaje del título descubre un universo no en la superficie, sino debajo de la Tierra, la cual es hueca, con otros planetas que supuestamente orbitan dentro de ella. (Esta idea prosperaría posteriormente en la imaginación de muchos ocultistas.)

Klim encuentra que los habitantes de este universo, además de parecer árboles, practican varias costumbres que son diferentes a las terrestres que él conoce; y, por supuesto, extrae algunas lecciones morales de las diferencias. Señala, por ejemplo: “Entre las otras excelencias de este principado, se había establecido el permiso para disfrutar de placeres inocuos, ya que se creía que fortalecían la mente y la preparaban para emprender deberes fastidiosos; se pensaba también que esos placeres dispersaban esas nubes negras y estados de melancolía que son la fuente de tantos disturbios, motines y ardides tortuosos... Sin embargo, noté con cierta molestia que situaban la práctica de las disputas al mismo nivel que el entretenimiento y las obras de teatro.

En determinadas fechas del año, después de hacer apuestas y fijar un premio para los ganadores indiscutibles, se formaban parejas de contendientes como si fueran pares de gladiadores, bajo más o menos las mismas reglas que cuando organizamos peleas de gallos o de animales que son igualmente fieros... Un cierto ciudadano rico de nombre Henochi había amasado en tres años 4.000 ricatu, una suma enorme, gracias a los premios ganados por uno de esos disputantes, a quien mantenía para este propósito... Poseído de una asombrosa fluidez verbal, este personaje demolía, erigía, cambiaba lo cuadrado a redondo, retumbaba con las trampas de los sofismos y silogismos dialécticos, y, al distinguir, incluir y determinar, sabía bien cómo frustrar a todos sus oponentes y reducirlos al silencio a su gusto. Varias veces asistí a espectáculos de este tipo y sufría una aflicción extrema, ya que consideraba irreverente e impropio transformar esas nobles tareas, que habitualmente enaltecen a nuestras academias, en actuaciones teatrales... A parte de estos disputantes, a quienes los habitantes del Inframundo alegremente llamaban “maskabos”, o vaqueros, tenían otros contendientes entre los animales de cuatro patas, tanto salvajes como domados, y entre aves particularmente feroces, todos los cuales eran presentados a los espectadores por una tarifa establecida. Pregunté a mi anfitrión cómo podía ser que un pueblo dotado con tal discernimiento podía degradar esas actividades sublimes a exhibiciones en la arena, ya que en ellas se ofrecía oportunidad para la elocuencia, se revelaba la verdad y se afilaba el ingenio. Respondió que esas competencias alguna vez habían sido tenidas en alta consideración en la era de los bárbaros, pero, como finalmente habían aprendido gracias a la experiencia, que la disputa estaba más inclinada a ahogar la verdad, los jóvenes se volvían frívolos, de ella surgían disturbios y ahogaba los estudios genuinos... El resultado les había enseñado que los estudiantes jóvenes dominaban sus habilidades más rápidamente a través del silencio, la lectura y la reflexión”.

Sonriendo ante esas fábulas, cerré el libro y regresé a la realidad, sentándome a ver un refinado debate político-legal en la televisión, en el cual parlamentarios, abogados y periodistas, aguijoneados por el conductor, se interrumpían entre sí incesantemente, compitiendo por el tiempo al aire.

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