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Viernes 6:30 pm

Es la hora en que la ciudad maravilla da paso a la ciudad pesadilla, la ciudad del sinsentido urbano

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:19 / 14 de abril de 2015

Si un viernes cualquiera en la tarde-noche detienen por un momento su trajín y observan el maremágnum que sin misericordia les rodea, comprenderán a cabalidad la porquería de ciudad que estamos dejando a nuestros hijos y nietos.

Es la hora en que la ciudad maravilla da paso a la ciudad pesadilla. Se tensan todos los nervios y se revientan todas las almas. Son miles y miles de personas y automóviles que buscan desesperadamente un espacio en las atiborradas aceras y calzadas. Son los momentos más tensos y nerviosos de la urbe donde ves cómo miles de ciudadanos, en interminables filas, esperan al primero de dos o tres atestados minibuses que los dejarán molidos en sus casas; ves cómo miles de automóviles tratan de salir de esos inhumanos bollos y amasijos del tráfico, circulando a un kilómetro por hora por los nudos calientes que la modernidad y el dinero han creado: la plaza Isabel la Católica, la avenida Santa Cruz, la avenida Ballivián, la avenida Buenos Aires, el cruce de villas o la Ceja de El Alto.

Es el momento en que vives la ciudad del sinsentido urbano, de la perversidad extrema, donde se atestan en las aceras y las calzadas los miles de estantes y visitantes de esta hoyada. Se calcula que diariamente bajan a esta ciudad 300.000 trabajadores de El Alto, quienes se suman a los estantes y a los más de 100.000 vehículos que circulan diariamente, reventando las estrechas calles de una ciudad no planificada y enredando los cerebros de una población no cultivada.

Es la hora que ves en los rostros de la paceñidad el cansancio y la tensión propias de grandes metrópolis, pero en un pequeño pueblo muy desorganizado; es la hora en que ves a tus compatriotas dormir en un atiborrado minibús todo su agotamiento físico y mental; ves a tus coterráneos comer apurados porquerías al paso en aceras bañadas de grasa, rodeados de palomas y chulupis; ves a tus vecinos instalar innumerables puestos de luz mortecina para vender las chucherías y baratijas que llegan del Oriente; ves a tus paisanos al mando de un volante desfigurados por las peleas y la impotencia de saber que el semáforo ya no controla nada y que rige la ley de la selva donde gana el más salvaje, a pesar de los ensordecedores pitazos de un policía que ya tiene los ojos inyectados de sangre.

Sí, viernes 6.30 pm es la hora del pandemónium paceño. Es la hora en que los habitantes de este valle andino aceptamos resignados este “progreso” urbano con un estoicismo que raya en la cojudez; y también es la hora en que las autoridades, que viajan escoltadas hacia el fin de semana, creen que con sus insulsos megaproyectos están resolviendo algo de este infierno urbano.

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