Columnistas

Otra contra la violencia

Vivimos en una sociedad en la que la sexualidad y el poder se han combinado de una manera malsana.

La Razón Digital / Verónica Córdova

07:52 / 25 de septiembre de 2016

Esta semana, un grupo de trabajadoras nocturnas protestaron en puertas de la Alcaldía de La Paz pidiendo la reapertura de dos locales que fueron clausurados por evidencias de trata y tráfico de personas y otras irregularidades. Una de estas señoras mostraba un cartel que decía (textualmente): “Si no hubieran estos locales, hubieran más violaciones”.

Hay muchas formas de leer este mensaje, así como hay un fuerte debate entre quienes defienden la prostitución como un trabajo que, cuando es autogestionario y voluntario, puede ser tan legítimo y legal como cualquier otro; y quienes pensamos que el cuerpo, ajeno o propio, no es un objeto, y por tanto, no debe ser ofertado, vendido ni comprado.

Yo elijo leer ese cartel como una forma de violencia simbólica contra la mitad del género humano, los hombres. Lo que el cartel, y muchos defensores de la prostitución, afirma es que el hombre es un ser sin control racional sobre su libido, una suerte de animal peligroso a quien la sociedad debe proveer de una salida legal a sus incontrolables instintos... no vaya a ser que salgan desaforados a las calles a violar a quien se les ponga delante por falta de prostíbulos. No sé ustedes, pero si fuera hombre, me sentiría terriblemente ofendido por ese argumento.

La verdad es que vivimos en una sociedad en la que la sexualidad y el poder se han combinado de una manera malsana, generando parámetros de comportamiento y relaciones humanas que victimizan a las mujeres, pero que también reprimen y presionan a los varones hasta convencerlos de que son animales puramente guiados por sus penes. Así como muchas mujeres resentimos que se nos valore únicamente a causa de nuestro cuerpo, es también ofensivo asumir que al hombre solamente se le puede convencer mostrándole un cuerpo desnudo sobre un sofá de cuero.

Me parece ya escuchar a algunas compañeras argumentando que si bien los hombres sufren una merma emocional por causa del patriarcado, eso no es comparable en escala ni en resultados con la manera en que ese sistema ha mantenido a las mujeres varios pasos por detrás en las oportunidades de crecer, decidir y ejercer su poder en la sociedad y en sus propias vidas. Y es cierto. Tengo clarísimo que las mujeres somos en mayoría abrumadora víctimas de la violencia sexual, económica, simbólica y física ejercida por varones. No hay duda alguna de que la sociedad entera está organizada para que los hombres tengan privilegios sociales, laborales y familiares de los que las mujeres no gozan. Es evidente que la publicidad, el cine y los programas de concursos se producen, filman y editan con un espectador masculino en mente.

Puede que haya alguna que se haya comprado el cuento de que es su derecho aparecer desnuda en la televisión o vender su cuerpo en un centro nocturno, pero incluso ellas (como todas nosotras) no solo entienden, sino que diariamente batallan contra formas explícitas y sutiles de violencia patriarcal en escuelas, centros laborales, calles y en nuestras propias casas. Lo que me pregunto es, hasta qué punto los hombres están conscientes de que son también víctimas del sistema patriarcal que reina en las sociedades humanas. ¿Hasta qué punto se sienten ofendidos con el retrato hipersexualizado, irracional y violento que se hace de ellos? ¿Hasta qué punto algunas de sus actitudes no son también respuesta a esa representación que, de tan normalizada, parece inescapable?

Las mujeres tenemos claro que debemos luchar contra formidables obstáculos para que no se nos cosifique y se nos respete. Pero ¿se dan cuenta los hombres de que también son víctimas de un sistema patriarcal que los animaliza y ofende?

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