Columnistas

Violencia ciudadana

Parece que es necesario recordar que aquella ciudad que deseamos se la edifica, no se la destruye

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

01:59 / 03 de marzo de 2016

La ciudad presenta una infinidad de situaciones en las que el individuo es capaz de agruparse y convertir a ciertos actos en hechos variables, los cuales, unos, denotan cualidades urbanas, y otros devienen en dolor en la población. Ese escenario privilegiado presenta distintos actores urbanos, quienes son capaces de construir hechos que colaboran a revitalizar al espacio público. Sin embargo, ese mismo lugar es susceptible de mostrar otro tipo de realidades, como cuando la ciudadanía asiste a concentraciones que derivan en actos violentos. Situaciones no siempre usuales que denotan que en esas agrupaciones existen individuos con intenciones de carácter particular o político, quienes aprovechan las multitudes para encender sentires y pasiones violentas. Esto para crear reacciones de confusión y así cumplir sus objetivos dirigidos.

La violencia es un recurso cultural extremo que tiene lugar en cuanto la sociedad percibe el peligro de verse envuelta en tendencias negativas centrípetas y centrífugas, que al plasmarse en actitudes agresivas son capaces de concebir formas inimaginables de furia, que se expanden al contexto ciudadano. Una realidad que tiene lugar en momentos en que ciertas concentraciones sociales reivindicatorias o de carácter político comienzan a ser aprovechadas para alentar reacciones violentas. En el caso de El Alto, los padres de familia solo exigían la construcción o el mantenimiento de las escuelas de sus hijos; sin embargo, llegado el momento no fueron capaces de excluirse de esa manifestación iracunda.

Lo que sucedió en las calles de la urbe alteña muestra cómo el espacio público fue testigo de la presencia de grupos de individuos que se juntaron con los que irrumpieron en el lugar para agredir con violencia extrema a la Alcaldía. Una frágil coincidencia con “la imagen espacial” que evidenció que esas centralidades creadas por grupos de padres de familia se juntaron con los políticos en un solo espacio o centro de violencia ciudadana; representación que fue capaz de demostrar cómo el espacio urbano también puede servir para denunciar hechos deplorables.

Lo preocupante, empero, es que la avenida en la que ocurrieron los hechos hoy presenta una marca que rememora las situaciones violentas. Asimismo, la infraestructura de la Alcaldía alteña se ha convertido en el segundo edificio quemado por la población. Pareciera que toda nueva edificación destinada a la principal institución alteña debiera estar ubicada en un mejor lugar, donde el espacio circundante sea abierto y rodeado de jardines. Esto no solo embellecería y remarcaría al nuevo edificio del gobierno municipal, sino que le daría más seguridad a la población visitante y a los trabajadores ediles.

En definitiva, la violencia se adapta a hechos intrínsecamente turbulentos que se contradicen con los vivires ciudadanos, y que colaboran en construir la historia positiva y negativa de una urbe. Es por demás evidente que la violencia en una ciudad es la presencia de una energía perversa, que logra irrumpir con la fuerza que conlleva el submundo, el cual aprovecha del vigor negativo de los cuerpos para transformar las expresiones reivindicatorias en coléricas y brutales, cambiando así el sentido que las sustenta. Parece necesario recordar que aquella ciudad que deseamos se la edifica, no se la destruye.

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