Columnistas

Visión y revisión de Grecia

Callejuelas románticas cortan el aliento y alientan a planear alguna luna de miel clandestina

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

03:06 / 26 de septiembre de 2015

La primera vez que visité tierra helénica llegué por Salónica, a pie y mochila al hombro, integrando un grupo de cuatro estudiantes recientemente graduados. Era la época plácida antes de que los nefastos coroneles se empoderaran de la democracia más antigua del mundo. Todavía cantaba Melina Mercuri Nunca en Domingo antecediendo al Zorba, el griego y a la aparición de la opus magna de Nikos Kazanzakis: La última tentación. Desde entonces aterricé en hoteles atenienses cumpliendo misiones internacionales, pero no tuve la ocasión, como ahora, de disponer de un buque que en recorrido cultural me llevase a varias islas en el mar Egeo.

La agitación preelectoral no molestaba la mansedumbre insular, consagrada en una época de aguda crisis a atrapar con apetito los dólares y euros dejados por millones de turistas ávidos de tostarse bajo el sol griego, comer barato y beber en abundancia. A cuanto muelle llegábamos teníamos que abrirnos paso entre las masas turísticas y las montoneras de refugiados sirios e iraquíes. Aquellos desembarcando de cruceros y éstos abandonando balsas artesanales. Zarpando de Pireos, el mítico puerto, constaté el golpe fiero del castigo económico que se soporta: edificios en ruinas, comercios cerrados, construcciones a medio concluir y la melancolía de los pobladores, otrora alegres y bulliciosos. Al cabo de una tranquila navegación nocturna, amaramos en Mikonos, para atravesar sus estrechas calles hasta Alefhandra, pasar la “pequeña Venecia” y ver los molinos de viento. Como siempre, los comerciantes se adueñaron de las calles, ofreciendo sus baratijas made in China, opacando la belleza de la arquitectura local. De allí hicimos aguas en Turquía, anclando en Kusadi. Allí me negué a conocer la casa donde murió la Virgen María y preferí recorrer la antigua Efeso, cuyas ruinas remarcablemente acicaladas nos llevan a imaginar la majestad de sus periodos de esplendor. Partidario de Adrián, cuyas memorias nos relató Margarita Yourcenar, admiré su templo y el teatro. Cerca, las letrinas públicas nos revelaron que los primeros habitantes defecaban en fila y con compañía. Al día siguiente amanecimos en Patmos; trepamos una colina vertical para acceder a la famosa gruta donde San Juan el evangelista imaginó el Apocalipsis. La ruta de la historia más tarde nos catapultó en Rodas, donde cumplí mi sueño de recorrer sobre mis propias suelas la empedrada calle de los Caballeros, original trillo que culmina en su imponente palacio. Surcamos más millas marinas para arribar a Heraclion, en la isla de Creta, que ostenta el palacio minoico de Cnosos, crisol de la primera civilización europea.

Finalmente, el vapor se arrimó a la joya insular mayormente apreciada, el bellísimo archipiélago volcánico de Santorini. Un ascensor teleférico logra la cima del monte del profeta Elías y desde ahí se diseminan las blancas aldeas que miran los mares, miles de metros abajo. Haciendo competencia al funicular, decenas de burros, serpenteando los senderos, ascienden a la colina, soportando obesos jinetes que pagan por el abuso que cometen. Callejuelas románticas cortan el aliento y alientan a planear alguna luna de miel clandestina. Buganvillas multicolores cuelgan de los rojos tejados y la ausencia de vehículos motorizados nos devuelve la ilusión de un pasado siempre mejor.

El retorno a Pireos nos devolvió a la triste realidad. Lo que parecía ser una multitud preelectoral, resultó ser nada menos que la muchedumbre de refugiados que se abrían paso en trenes, buses y a pie, para alcanzar la frontera alemana, atravesando cuatro países. Un hada madrina les franqueaba el parnaso tudesco donde disfrutarían la paz y la prosperidad que la guerra aplanó en sus países. Mujeres enveladas, barbudos mozalbetes, párvulos llorones e infantes desconcertados recibían botellas de agua y panes rellenos. Nadie quería permanecer en Grecia. Alemania era el objetivo que más parecía obedecer a la codicia económica que al anhelo de libertad.

Esa carga de refugiados será un problema adicional para el fresco gobierno de Syrisa, cuyo reciente triunfo electoral fortalece a su joven caudillo, Alexis Tsipras, para reanudar las tediosas negociaciones de ajuste estructural con la Unión Europea.

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