Columnistas

Visitas hospitalarias

Es curioso cuántas cosas no escritas uno puede aprender de una vivencia hospitalaria

Luis Kushner

01:09 / 27 de noviembre de 2013

Después de varias travesías hospitalarias como familiar de un paciente, hace tiempo que deseaba escribir sobre lo que se debe o no hacer cuando uno asiste a un centro hospitalario o a una clínica para visitar a un enfermo.

En primer lugar es recomendable conocer cuáles son los horarios que rigen en el centro de salud, para así evitar que nuestra visita sea rechazada. Hay que comprender que el trabajo en un hospital es de 24 horas, sin embargo, hay momentos en los que hay menos movimiento, y que son precisamente cuando los familiares pueden ingresar al hospital, sin perturbar la terapia recibida por los internos. Esto sobre todo porque en nuestro medio aún existen centros hospitalarios de tipo “francés”, que es como se denomina a las grandes salas donde varios enfermos comparten el mismo espacio. Estos hospitales fueron diseñados a principios del siglo XX, siguiendo las normas que por entonces predominaban.

Asimismo, es recomendable saber en qué estado está el paciente, porque podría tratarse de una situación muy grave, y en ese caso nuestra visita debería ser muy corta.  Tampoco debemos llevar comida, práctica en la que dicho sea de paso incurrimos por inercia cultural, pensando que la comida de la casa puede hacer que la recuperación del enfermo sea más rápida, suponiendo que el alimento del hospital es siempre pobre y escaso y no se compara con nuestra robusta comida boliviana.

Ese error es muy perjudicial para la salud del paciente, porque traerle comida de afuera podría causarle más problemas que beneficios, pues ni los familiares ni los amigos saben con exactitud cuál es la dieta adecuada para la enfermedad de la persona internada. Además, el alimento puede portar bacterias perjudiciales para una persona convaleciente incluso si ha sido preparado en un domicilio particular, toda vez que la manipulación y el transporte no han sido controlados.

Otro error que cometemos con regularidad es llevar al hospital a los niños. Si bien su presencia puede ayudar a que el paciente se sienta anímicamente mejor, los niños son muy juguetones y les encanta tocar todo, sin darse cuenta de que la manera más común de diseminar las enfermedades es a través de las manos, más aún si éstas no se lavan con cierta frecuencia.

Nuestra visita no debe ser colectiva, sino —en lo posible— individual. Para no cargar el ambiente ni fatigar al familiar o amigo convaleciente, deberían ingresar en su sala como máximo entre dos y tres personas. Finalmente, es recomendable dejar al paciente hablar y que se exprese sin interrupciones, pero evitando que se esfuerce demasiado. Es curioso cuántas cosas no escritas uno puede aprender de una vivencia hospitalaria cuando se está del otro lado de la moneda.

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