Columnistas

Vista al mar: basta de mentiras

Los esfuerzos deben orientarse en la configuración de un país poderoso en el pensamiento y la acción

La Razón / Wálter Navia Romero

00:04 / 10 de mayo de 2012

Con respecto a Chile, los bolivianos debemos dejar de una vez de vivir de ilusiones, fantasías y engaños. Puerto por gas, es otra mentira. Desde que el mundo es mundo, las guerras se efectuaron por deseo de botín, por venganza contra una depredación efectuada por el enemigo, por pretextos (injurias al honor patrio, autodefensa) y muchos etcéteras. El caso de Chile fue muy claro: invadió a Bolivia para apropiarse de la riqueza del litoral, a partir de una política de expansión y con apoyo de una potencia extranjera significativa: Inglaterra.

Así como la Argentina no tuvo el menor chance de ganar la guerra de las Malvinas, tampoco lo tenía la alianza Perú-boliviana, pues el poder económico y militar de la potencia auspiciadora era y es desproporcionado. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la Guerra del Pacífico? Inglaterra se apropió primero del huano y luego del cobre del litoral, compró minas bolivianas en la frontera con Chile con testaferros chilenos, se apropió de las aguas de Silala, se adjudicó la energía eléctrica y el sistema de ferrocarriles en Bolivia. Chile, en cambio, hasta el experimento económico del plan Cóndor, nunca se fortaleció económicamente.

La situación actual es la siguiente: se impuso un tratado de paz lesivo a Bolivia y totalmente favorable a Chile. ¿Alterará esta situación la actual potencia del Cono sur? ¿Devolverá las tierras conquistadas “con el poder de las armas”? Respuesta contundente: la oligarquía y el militarismo chilenos, muy poderosos en el país vecino, fieles obsecuentes con el principio “Por la razón o la fuerza”, nunca entregarán un metro de tierra en el que ahora es “su” litoral. Tampoco lo harán los demócratas cristianos ni los socialistas, aunque con más sonrisas. Y examinemos el sólido fundamento que los sustenta: después de Brasil, Chile es la principal potencia militar en Sudamérica y, oportuna o inoportunamente, lo demuestran en nuestra frontera. 

En estas circunstancias, ¿tenemos algún medio para presionar efectivamente a Chile a la revisión del Tratado y al otorgamiento de una franja boliviana en su territorio que antes de la guerra perteneció al Perú? Mi respuesta es un no rotundo. Si examinamos la política diplomática chilena, evidenciaremos que se la pasa jugando con nuestro país con sugerencias volátiles o con amenazas veladas o manifiestas. Si examinamos la política diplomática boliviana, nos la pasamos llorando con fracesitas de paradorcitos o con llunkeos vergonzosos.

De una vez por todas, veamos y aceptemos la realidad. Dejemos de jugar con ilusiones creadas por un falso patriotismo, por disfraces de paradas militares, con planes gubernamentales ingenuos y absurdos: abrazo de Charaña, abrazos y besos, charangos verdes, partidos de fútbol. Todo esto es mentira y un modo de engañarnos sistemáticamente. En el campeonato de errores diplomáticos, el actual gobierno está en el extremo de la improvisación e incompetencia. En el nivel de la diplomacia internacional, el ridículo es imperdonable. Estas consideraciones no son negativas ni pesimistas, son objetivas —creo yo—, realistas y necesarias.

¿Por qué necesarias? Porque nuestros esfuerzos deben orientarse en otra dirección: crear un país fuerte (no necesariamente militar) en educación para contar con gente capacitada en todos los terrenos y, en este caso, en las relaciones diplomáticas (no se logrará una nueva educación entregando el futuro de la educación a un sindicato); en el fortalecimiento de la economía (que no se logra con persecuciones ni con marchas ni bloqueos); en la formación ciudadana responsable con la realidad de un país pluricultural (sólo posible con un cambio de valoración: respeto y solidaridad con el otro cultural y no con fundamentalismos de ninguna clase); en fin, en la configuración de un país poderoso en el pensamiento y en la acción. No se trata, desde luego, de formar una generación contra ningún país vecino; al contrario, en cualquier circunstancia, nuestra meta última, por lejana que sea, debe ser la unión de todos los países latinoamericanos.

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