Columnistas

Viviendo en Jauja

Centenares de sendas de nieve compacta recorren las montañas y los bosques

La Razón / Jorge Zapp

00:11 / 31 de diciembre de 2011

Nos invitaron, nuestra hija y su marido, a pasar esta Navidad y el año nuevo en un pueblito cercano a las grandes pistas de esquí en Austria; éste fue un viaje a un mundo inimaginable. Au (cerca a Schoppernau) tiene unas 30 casas, un supermercado y una tienda de equipos para esquiadores, un hotel y la mitad de los hogares reciben huéspedes para dormida&desayuno (bed&breakfast, en el lenguaje internacional, aunque acá no se entiende).

Este lugar paradisíaco está a unos 700 metros de altura, lo que acá equivale a una altura enorme que asegura la nieve hasta después de Semana Santa. Un metro de nieve lo arropa todo dentro de paisajes que recuerdan las tarjetas de Navidad que nos llegan de Europa. La gente, toda muy educada, todo el mundo saluda en el nombre de Dios (Grüss-Gott). Centenares de sendas de nieve compacta para caminantes y esquiadores (separados) recorren las montañas y los bosques, elevadores y buses gratuitos llevan a los deportistas arriba a la montaña. El negocio no es que gocen sino que gasten en las tiendas, almacenes y restaurantes.

Es un lugar para esquiadores locales, alejado del circuito internacional de este deporte. La primera sensación extraña es que el mundo que los rodea solamente habla alemán; el inglés, el francés o el español simplemente no existen como opción de comunicación, o se habla tedesco o no se come o no se mueve nada.

Aunque somos alemanes nos inscribimos como colombianos, lo más cercano a nosotros para la hotelera, era... Italia. ¿Dónde quedará Bután? A mi hija que habla holandés, que se parece al alemán, la entienden con dificultad como nosotros a un brasileño. Un mundo sin pobres, con ingresos mensuales de miles de dólares, en el cual, cuando el cura habla de los pobres del mundo, es extremadamente difícil imaginarlos, quizá se refiere a esos niños famélicos de Eritrea que desde acá parecen simplemente de otro planeta.

La segunda sensación extraña es la inexistencia de los Estados Unidos, aparece tanto acá, como Namibia o Lesotho para los bolivianos. Nada. Ningún producto gringo, la inexistencia de bebidas sin azúcar, y en cambio una deliciosa comida rica en tocino de cerdo y quesos de todas clases. Nadie sabe ni le importa el colesterol que persigue a todas horas a nuestros amigos del norte.

El internet es desconocido, no conocen y no hay cafés-internet como los de la Sagárnaga, y en cambio, los automóviles (Mercedes, BMW o Audi) apenas los matiza uno que otro Volkswagen o Peugeot de alta gama. ¿Cómo son capaces de crear tanta riqueza a partir de montañas peladas como las nuestras? Un mundo amable y honesto, tan aislado como Sud Lípez, cubierto de copos de oro blanco, ni más ni menos.

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