Columnistas

Vivir dos veces

La posibilidad de fingir y engañar nos ha permitido la cultura; en eso consiste la civilización.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:20 / 17 de agosto de 2016

En una sala blanca y alargada de un olvidado hospital de Varsovia hay una ventana al fondo que da a una calle en blanco y negro. Es Polonia, pero también podía ser Miraflores desde el Hospital Obrero. Uno de los pacientes, solamente él, puede estirar el cuello, con el dolor de su cuerpo, y mirar el espectáculo al otro lado de la ventana. Ve una plaza, un perro paseando a su amo, palomas alborotadas y chicas coquetas… otro mundo casi imposible. Luego vuelve a la cama con todo el dolor del alma y lo cuenta al resto de pacientes que en secreto conspiran todas las noches para que el jodido afortunado se muera de una puta vez para así heredar su camastro y su ventana mágica. De tantos rezos, el día llega. Y el más veterano de los internos del hospital polaco más olvidado del mundo (poco menos que el Obrero de La Paz) toma su lugar. Lo primero que hace es mirar y lo segundo, paralizarse. Al otro lado del espejo no hay nada, salvo una maldita pared y un pinche callejón. Entonces regresa a la cama y comienza a contar lo linda que está la plaza esa mañana con colegialas alborotadas en minifalda, palomas coquetas y amos paseando a sus perros.

El argentino Ricardo Piglia lo cuenta en su novela Respiración artificial, ¿o es en La ciudad ausente? Llevo varios meses a cuestas todas las noches con mi última adicción confesable: las novelas de Piglia. Me he leído las cinco y la que más recomiendo es la última, la novela negra El camino de Ida. Ahora Piglia, un trotamundos, está gravemente enfermo, sufre de la maldita ELA (enfermedad lateral amiotrófica) y probablemente tiene cerca una ventana para seguir contando a Beba Eguía, su compañera, historias inventadas del otro lado.

Piglia ha fantaseado a lo largo de su obra (cuentos, novelas y ensayos) con una doble vida y ha tenido, como muchos de sus lectores, la extraña sensación de haber vivido dos veces, de haber mutado, de haber sido otro, gracias a la ficción. Cesare Pavese, el de El oficio de vivir, también. El italiano jugó a ser otro en una especie de pacto para conjurar la muerte. Por eso escribió sus diarios, como Piglia. Los dos pensaron y piensan en el suicidio, obsesión secreta, pasión solitaria, manía del que piensa demasiado. Los diarios se escriben para eso, para postergar la decisión más soberana y valiente ante el dolor inacabable.

Piglia y Pavese han borrado huellas, algo que los animales no saben hacer. Ésa es la mayor diferencia entre hombres y bestias. Nosotros sabemos limpiar los rastros, crear pistas falsas, mutar, ser otros. En eso consiste la civilización, la posibilidad de fingir y engañar, eso nos ha permitido la cultura, gracias a la ficción. No ser nunca uno mismo, cambiar de identidad, inventarse un pasado. O peor: aprender a estar quieto (callado y solo) para leer y luego saltar por la ventana para vivir de verdad, como el Quijote, las aventuras de mentiras.

Sostiene Piglia que lo que se aprende en la vida, lo que se puede enseñar, es tan limitado que alcanzaría con una frase de 10 palabras, el resto es pura oscuridad, tanteos en un pasillo de hospital durante la noche. Busco una oración de 10 palabras de mi tocayo y encuentro ésta: “El estilo es la convicción absoluta de tener un estilo”. Diez palabras, cabal casera. Pavese pensaba lo mismo: “El secreto de la felicidad es asumir una actitud, adoptar un estilo y adaptar a él todas nuestras impresiones y expresiones”. Y Julian Barnes, el de El loro de Flaubert, sentenció: “El estilo es la fidelidad al pensamiento, la palabra correcta y la frase perfecta están siempre ahí afuera, en algún lugar”. Para algunos, esto significa hacerse la estrellita y recibir premios reales cargando como locos palabras en los supermercados o mendigando historias en las selvas recónditas; para otros significa acostarse en una cama de hospital, rezar todas las noches para que alguien se muera de una puta vez y mirar por fin por la ventana y contarlo con estilo, con las palabras justas que están “ahí afuera, en algún lugar”. 

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