Columnistas

Vodka y muerte: la fiebre blanca

Los pueblos originarios de Rusia están muriendo poco a poco porque no vislumbran un futuro

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:02 / 11 de junio de 2014

Los evencos (o evenquis) son pastores nómadas que viven entre Rusia y China. Apenas llegan a 70.000 y se están matando. Eliminadas las ayudas soviéticas a los sovjós (granjas colectivas que dependían del Estado) y privatizadas las tierras, los evencos paran borrachos, sin poder trabajar. Se colocan en medio de las carreteras y los coches se tienen que dar la vuelta. Pero cuando se sientan sobre las vías del ferrocarril también creen que el tren se puede dar la vuelta y entonces mueren arrollados. Otros únicamente imploran que alguien les baje la luna en alguna calle de Siberia.

El organismo de los indígenas siberianos no digiere bien el alcohol. El metabolismo proteico-lípido y la ausencia de vegetales en su dieta es el culpable de esta baja tolerancia al trago en los pueblos del norte de Asia. Cuarenta pueblos y naciones originarias (los udegue, los nanái...) sobreviven en las estepas heladas rusas, pero poco a poco están muriendo porque no vislumbran un futuro.

El vodka y el alcohol de farmacia (diluido hasta un 30%) hacen lo que quieren en la taiga, los cuerpos de los evencos no luchan. Es un holocausto. Mueren lo más jóvenes, beben y se disparan, o se cuelgan o se matan a cuchilladas. Con los ojos ausentes y llenos de locura, no comen, tragan vodka con avidez, como si temieran estar sobrios. No pueden soportar los delirios; cuando no hay más vodka, llega  la “fiebre blanca”. Y ahí, ni el chamán ni el reno (animal sagrado, padre del universo en su cosmovisión) los pueden salvar. El reno se usa para los trineos y garantiza leche, carne, grasa y piel para hacer carpas y ropa. Está prohibido matar a un reno si es posible conseguir comida de otra manera. Pero para combatir la maldita “fiebre blanca”, la mejor medicina son los sesos machacados y fritos de los renos.

La fiebre blanca también es un apasionante libro del periodista polaco Jacek Hugo-Bader; tal vez el volumen de crónicas más impresionante sobre Rusia, desde El Imperio, del maestro Kapuściński. El corresponsal del periódico polaco Gazeta Wyborcza viajó durante meses en solitario (¡y en invierno! con temperaturas de 40 grados bajo cero) en un lazik, el vehículo todoterreno soviético, desde Moscú (y sus vagabundos y tribus urbanas) a Vladivostok por  toda Siberia para comprobar in situ cómo naciones enteras beben hasta la muerte y desaparecen de la faz de la tierra. 

Ahora que la crónica está de moda y todos los pinches periodistas queremos ser “cronistas”, Hugo-Bader nos regala en este libro toda su filosofía periodística reducida a una sola palabra: mimetizarse; esa es la lección: hacerse uno con el entorno, pasar desapercibido. Eso y un estilo narrativo directo, sin concesiones (traducido del polaco al mexicano delicioso por Anna Styczyńska).

La fiebre blanca es el estreno de dos editoriales mexicanas independientes; una de Oaxaca y otra de Querétaro, esta última llamada La Mirada Salvaje que antes tenía como sede La Paz de la mano del periodista y cuate Luis A. Gómez, que laburó junto a Wálter Chávez y Sergio Cáceres en el recordado quincenario El Juguete Rabioso. 

El Gómez —que vive ahorita en Kolkata, nombre oficial en inglés desde 2001 de la vieja Calcuta en la India— creció leyendo aventuras, desde Verne a Salgari, de Huitzilopochtli a Gukumatz. La fiebre blanca (que se puede comprar en la librería El Baúl frente a la UMSA) es eso: una invitación a la aventura; sed de viajes y recuerdos que se sienten como propios, como esa relación tan jodida de amor y odio que tenemos los bolivianos con el alcohol. Como ese chiste que cuentan los forasteros para burlarse de los conductores rusos: “¿saben que es un microsegundo? Es el instante entre el amarillo del semáforo y el sonido del claxon del que viene atrás”. Rusia, tan lejos, tan cerca.

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