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¿Volver a los clásicos?

Los clásicos fueron agudos observadores de la realidad, interesados en la organización real de su mundo

La Razón / Salvador Romero Pittari

00:00 / 08 de diciembre de 2011

La pregunta del titular, en una sociedad que tiene como uno de sus propósitos descolonizar a sus integrantes, parece una provocación, pero no lo es. No sólo esa herencia también es nuestra, igualmente parte de las preocupaciones que la originaron son las que hoy tenemos. Los clásicos fueron agudos observadores de la realidad, interesados en la organización política real e ideal de su mundo.

Qué puede decir Platón de nuestra democracia tipificada como multicultural y de participación directa, antes que representativa, tal como proclaman los planteamientos del Pacto de Unidad, más allá de su composición y de su legitimidad. Quizá rever una tradición de más de 2.000 años de antigüedad, puede contribuir a comprender mejor los vicios y virtudes de las pretensiones actuales.

El filósofo ha sido leído de mil maneras, aún lo será de otras mil. Por lo general, ha predominado la imagen de un autor cuyas reflexiones se centraron más en el Estado ideal que en el real. K. Popper (1902-94), un pensador mayor de la ciencia y la política, le reprochó haber planteado mal el problema de los gobiernos al preguntar sobre quién debe regir la Ciudad Perfecta, en lugar de cuestionar sobre cómo gobernar para lograr la convivencia ciudadana, siempre plural. Hacer del más sabio o del  filósofo el modelo de rey, cree Popper, abrió el camino a las distintas modalidades de totalitarismo. Hay otras lecturas.

Leo Strauss (1899-73), otro autor de enorme influencia en las ideas políticas, cuya temática giró en torno a la articulación entre Jerusalén y Atenas, o entre el reino de las verdades eternas y el de la política de los hombres, encontró en Platón una doble escritura. La primera apuntó al orden del cosmos, del bien supremo, inmutable; la segunda al terrenal, cambiante, frágil donde se intenta compensar los defectos humanos y sociales, pasando de la beatitud a las acciones que el legislador y la sociedad concreta pueden ejecutar a fin de mejorar la vida en común. Sostuvo que la Ciudad del Filósofo Rey era de meras palabras, por eso Platón abandonó su planteamiento y se dirigió a la política, vista como el arte de establecer la convivencia del pueblo y entre pueblos.

F. Chatelet (1925-65), filósofo francés comprometido con la política de su momento, hizo otra lectura de Platón, en especial de La República, cercana a las inquietudes de las democracias de ahora.  Atenas en la época había caído en el escepticismo, el desorden, las injusticias, el afán de lucro, la corrupción. Allí nadie creía más ni en dioses ni castigos ni tradiciones. La palabra desbocada, hueca, convertida en demagogia, prometía el oro y el moro, pero en la realidad dividía a los ciudadanos, corroía la democracia ateniense. La tiranía asomaba detrás de la esquina.

La República muestra la existencia de una sociedad multicultural, en la cual los metecos de orígenes y culturas diversas interactuaban con los griegos de cepa, todos expresando opiniones e intereses propios, sin poder concertar mínimos denominadores comunes. ¿Cómo salvar la democracia? La palabra cortada de la realidad producía el daño. Los sofistas enseñando el arte de persuadir, aun a costa de la razón, favorecían el imperio de las habilidades retóricas, de viejos  prejuicios, de los sucesos inventados, de un imaginario hecho con fragmentos distorsionados de la realidad.

Cierto, la democracia no pone límites a la palabra ni a la opinión, tampoco puede marchar sin consensos. Sin embargo, en la misma palabra se encontraba la posibilidad de superar los problemas, pues ella está sometida a un árbitro. No puede ser incoherente, contradictoria, extraña a la experiencia. El argumento tiene que poseer fundaciones. Platón retornó así a la política real con la dialéctica de la acción, apoyada en la razones, capaz de alcanzar consensos, construir mayorías. No se trató de una razón cósmica, esotérica, sino argumentativa, sin prejuicios.

Concibió una democracia para que el ciudadano, cualquiera sea su origen, su cultura, pueda hallar justicia, saber, convivencia, gracias a la palabra, medida, regulada, ajustada a los hechos. No aspira a otra cosa  el pensamiento político de hoy.

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