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Voto pragmático local

El votante pragmático entrará en escena reconfigurando el mapa electoral, por lo menos eventualmente.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

00:00 / 23 de marzo de 2015

Han pasado casi 30 años desde la publicación de los primeros estudios referidos a las elecciones locales del actual periodo democrático, cuyos más importantes referentes son Renata Hofmann (A propósito de las elecciones municipales) y José Baldivia (Balance y perspectivas: elecciones municipales). Ambos autores dieron cuenta, además, de un hallazgo que actualmente se presenta como una gran novedad: que las elecciones locales difieren mucho de las elecciones nacionales.

Tal conclusión, repetida acríticamente, encontraba sentido en la manifestación de un votante pragmático cuyas preferencias políticas se expresaban en función de sus problemas y necesidades cotidianas. Pero este viejo postulado parece soportar la prueba del tiempo, al resultar pertinente para entender algunos hechos de la actual dinámica electoral.

En primer lugar, las encuestas de intención de voto, que por la forma en la que son presentadas no se sabe si buscan informar, generar tendencia o persuadir, han venido reportando altos porcentajes de indecisos. Ello se debería, según dichas encuestas, a un desconocimiento del votante respecto de sus candidatos, muchos de los cuales emergieron en función de viejas prácticas como el dedazo o las pugnas internas partidarias que las contiendas locales suelen motivar, en la medida en que no exige el alineamiento en torno a un candidato de unidad. Pues bien, el votante pragmático basaría su decisión en la confianza hacia un candidato cercano a sus expectativas, no en vano el ámbito local es propicio para la emergencia o fortalecimiento de liderazgos alternativos. Como es así, en la actual coyuntura el votante pragmático aparecería expresando una doble posibilidad: como soporte de un voto duro que afirmaría a viejos líderes regionales o como potencia del encumbramiento de otros líderes.

En segundo lugar, estas elecciones han puesto de manifiesto la práctica del mejor postor a cambio de votos, mediante la presentación de propuestas infladas y promesas extravagantes que en muchos casos demostraron la desconexión del candidato con su realidad. El votante pragmático contradiría precisamente esa práctica, ya que en función de sus necesidades elevaría incluso las posibilidades de las llamadas democratic responsiveness y accountability electoral, que suponen medir la capacidad de respuesta de los candidatos a las necesidades de los votantes y que las elecciones sean usadas como un mecanismo de rendición de cuentas.

En tercer lugar, las campañas negativas volvieron a aparecer en esta elección como la estrategia preferida para restarle votos al contrincante; pero al juego entre oficialismo y oposición, que ya comprometió a Édgar Patana y Rossío Pimentel, parece haberse sumado el juego entre las facciones partidarias del oficialismo que buscaron afectar a sus candidatos a partir de la denuncia de hechos de corrupción o del caos político, como en el caso de la Alcaldía paceña. Precisamente, la existencia de un votante pragmático incentivaría el uso de esa estrategia, en la medida en que ese votante sería sensible a la incertidumbre.

Finalmente, al modo del exembajador de Estados Unidos Manuel Rocha, los funcionarios del Gobierno hicieron uso de un mecanismo de coerción al amenazar con no trabajar con candidatos de la oposición en caso de que los votantes les favorecieran. Tal uso resulta comprensible ante la existencia del votante pragmático, ya que éste elevaría el nivel de competitividad perturbando la necesidad de consolidación de fuerzas políticas dominantes, tanto a nivel local como nacional. Así, con todos sus matices, el votante pragmático entrará en escena poniendo en suspenso cualquier gratuito presagio o reconfigurando el mapa electoral, por lo menos eventualmente.

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