Columnistas

Warmi fatal

Las mujeres saben cuáles son sus armas frente a una sociedad construida por guerreros autoritarios.

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga*

00:00 / 04 de marzo de 2018

Durante el proceso de patriarcalización que ya dura varios siglos, la mujer ha generado múltiples formas de autodefensa y sutiles habilidades para mantener a raya a los másculos y, en muchos casos, llevarlos a la ruina. Una mujer bella, inteligente y creativa es una bomba en todo el sentido de la palabra.

Ahora es posible ser bella por módicas sumas en el mercado de los tratamientos estéticos, llámense cirugías plásticas, cámaras hiperbáricas, clínicas rejuvenecedoras, té verde, peluquerías y un sinfín de servicios para convertir a una mujer corriente en una potencial warmi fatal.

Tiempo atrás fui a una clínica a consultar sobre un problema de salud. Mientras esperaba mi turno, en la sala había un lleno completo, sobre todo de señoritas y también algunos varones que esperaban ansiosos sus exámenes para someterse a una cirugía de nariz. Era un hervidero de loros de toda laya, angustiados por la nariz que la naturaleza les otorgó sin su permiso y que, cansados del bullying, decidieron cambiarse a pinochos o kusillos, según la suerte de cada paciente en manos de los expertos.

Muchas adolescentes piden a sus padres como regalo de 15 años una cirugía para dotarse de una nariz respingada, que le cambiará el rostro y elevará su autoestima, y probablemente le reducirá el cerebro. Vivimos la edad de la imagen, y la vanidad de las personas se refleja en los selfis, a los que acuden presurosas muchas damas que en el fondo se sienten solas y no queridas: buscan reconocimiento con likes, y cuando no los tienen, en algunos casos se deprimen peligrosamente. Es la nueva enfermedad que se suma al estrés.

Desde la época bíblica, con Dalila y Rebeca, las mujeres saben cuáles son sus armas frente a una sociedad construida por guerreros autoritarios, y contra el poder masculino entronizado. Así por ejemplo, el presidente norteamericano Warren Gamaliel Harding (1865) es recordado solamente por sus desvaríos amorosos, encumbrado y derrumbado por la misma causa. Quienes lo conocieron declararon unánimemente que Harding era un tipo simpático, honrado y cariñoso. En 1891 se casó con Florence Kling, una viuda cinco años mayor que él. Inquieta y ambiciosa, Kling fijó sus ojos en Harding, le apoyó con una fuerte suma de dinero para su periódico y preparó, a través de ese medio, el camino para acercarse al poder, sin necesidad de hacerse operar la nariz ni aumentarse caderas con silicona.

En 1898 fue elegido senador y luego gobernador de Ohio en 1910. Harding se sentía más a gusto con la dirección de su periódico, pero Florence no. Los sectores que apoyaban al presidente Wilson estaban divididos, y los republicanos no tenían un candidato a quien presentar (como la oposición en Bolivia). Entonces Florence y su grupo de amigas y amigos influyentes presentaron a Harding como un candidato potable para todos. En 1920 hizo su entrada en la Casa Blanca con una inusual votación para la época, 7 millones de sufragios. Los amigos del nuevo presidente fueron nominados en cargos altos, pero solo les interesaba hacer fortuna. Florence consultaba videntes para evitar que su marido cayera en las redes que sus mismos amigos habían tejido. Contrató a un detective privado que jugaba a dos ases y le complicó la vida cuando se enteró que su amado esposo tenía un hijo con una muchacha muy joven que ahora reclamaba la paternidad. Les suena conocido, ¿no ve?

Florence descubrió las cartas que Harding le mandaba desde 1917 a Nan Britton. “Tendré que matar a los dos”, parece que dijo Florence, en un estallido de furia, porque veía que su poder se erosionaba rápidamente. Era la época de la prohibición del alcohol y de las transferencias de territorios petroleros de consorcios privados u otros, lo que causó un gran revuelo y acabó con la destitución de algunos de sus colaboradores. Sumado todo esto a los escándalos sobre la paternidad de su hijo y la madre, Harding quedó abrumado. El 29 de julio de 1923 murió ¿indigestado?, ¿envenenado? Nunca se supo. Florence dijo: “Mi amor por Warren se ha convertido en odio”. Antes, Harding le había dicho: “¡Ustedes dos son mi perdición!”. Nan Britton escribió un libro que pasó desapercibido sobre su relación, y su hijo nunca fue reconocido. Warmis fatales que pueden hundir o encumbrar a un hombre.

*es artista y antropólogo.

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