Columnistas

Xenofobia y terrorismo en París

Tanto la violencia simbólica como la física son reprochables, pues dañan la dignidad de las personas

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:33 / 13 de enero de 2015

Parece una carnada del destino que en la capital de Francia, cuna de la democracia moderna emergente de la Revolución Francesa, se haya desatado uno de los actos de terrorismo de mayor impacto de los últimos años. Aquella París luminosa, erigida en el corazón de la Ilustración, en un cerrar de ojos se convirtió en un escenario dantesco, a raíz del atentado terrorista perpetrado contra periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo.

En cuestión de minutos esa metrópoli mágica se convirtió en un espacio de terror, revelando descarnadamente que detrás de la fachada luminosa de la Ciudad Luz se esconden procesos discriminatorios con ribetes racistas, muchas veces alentados desde las salas de redacción de algunos medios que, a nombre de la libertad, ridiculizan la fe y los dioses no solamente de los musulmanes, sino también de católicos y otros. Hecho que incubó resentimientos entre algunos sectores extremistas islámicos, que no soportaron la sátira de su fe por parte de los periodistas/caricaturistas asesinados, ironía que conllevaba estigmatizaciones con ribetes discriminatorios y xenofóbicos contra su cultura.

No se intenta justificar ningún acto atroz como el asesinato colectivo, ya que el terrorismo, de donde venga, tiene un rostro perverso, sino se trata de analizar en las profundidades de aquellos procesos de representación del “otro”.

Es inconcebible que a nombre de la “libertad” o del “humor” se hagan sátiras grotescas, sin reparar en ningún instante los daños que éstas pueden causar a los “otros” y a sus sentidos religiosos. Edward Said y Stuart Hall señalan: “la pervivencia de representaciones culturales de la otredad obedece a menudo al impacto de prácticas de representación en el contexto de un discurso colonial que asignó mensajes subliminales a determinadas imágenes que se tradujeron en significados compartidos ocultos respecto a otras culturas no occidentales”.

Volviendo a Charlie Hebdo y sus caricaturas, que en la mayoría de los casos estigmatizan al “otro” (que es considerado como enemigo a través de una construcción horrorizada y despectiva, incluso hiriendo hasta lo más profundo del alma musulmana), me pregunto ¿qué tal si apareciera en un medio impreso una caricatura de Jesús ostentando en su mano una esvástica? Los cristianos, con toda razón, se ofenderían.

La representación grotesca del islam en aquel semanario francés fue una constante que llevó a incubar un resentimiento también de tipo racial, que desembocó en la tragedia del 7 de enero de 2015. Es decir, la violencia simbólica trajo consigo una violencia sangrienta en lo real. Ambas violencias son reprochables e indignantes. 

En el caso del valor de la tolerancia que profesan los intelectuales de Occidente, a la hora de condenar los hechos sangrientos en París se olvidan que no se puede hablar de grandes valores cuando se ha abandonado todos los principios básicos de la democracia occidental, que es el caso específico de la tolerancia y el respeto hacia las ideas, creencias o prácticas cuando son diferentes o contrarias a las propias y a las reglas morales, y eso supone respetar los diferentes credos y no ridiculizarlos a nombre de la libertad de prensa.

Tanto la violencia simbólica como la física son reprochables, ya que ambas, de distintas formas y en distintas graduaciones, lesionan la dignidad de las personas y de las propias civilizaciones. Y no entender que la matanza en París parecer ser parte de una clamada “guerra de civilizaciones” es un indicador insoslayable de que andamos peligrosamente por la cornisa.

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