Columnistas

‘Yvy Maraey’ y Elio Ortiz

Nos ha dejado sobrecogidos la noticia de la muerte de Elio Ortiz, el viernes en la madrugada.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó y Francisco Pifarré

00:00 / 03 de agosto de 2014

Elio Ortiz, el coguionista y coprotagonista guaraní de la cuarta y excelente película de Juan Carlos Valdivia, Yvy Maraey (Tierra sin mal) LR 13-X-13, acaba de fallecer este viernes a las 02.00, después de dos semanas de lucha por una pleuresía agravada con una desconocida infección pulmonar. La semana pasada, Juan Carlos Valdivia y su Cine Nómada organizaron dos exhibiciones extras de la película en Santa Cruz y en La Paz para colectar fondos para él y su familia. Los dos hemos tenido así la oportunidad de volver a verla y, de ahí, compartimos con ustedes las siguientes reflexiones que, esperamos, servirán también para el encuentro latinoamericano de jesuitas e indígenas que esos días se celebrará en la Tarahumara, México, donde —por gentileza de Juan Carlos— también podrán meditar esa cinta, oportuna en tantos otros contextos indígenas .  

Elio conoció a Juan Carlos en La Paz hace cinco años, cuando éste deseaba filmar la matanza de guaraníes en Kuruyuki en 1892. Aquel proyecto no pudo concretarse, pero desde entonces ambos fueron estrechando una amistad dialéctica de la que a la larga salió esta otra película, más densa y profunda, con un guión parido y vivido conjuntamente, incluidas referencias al proyecto inicial. La clave central para entender el filme, en medio de una trama deliberadamente ficticia, son las múltiples dimensiones de la relación intercultural entre el pueblo guaraní y los karai en el contexto actual, así como la confrontación y a la vez la mutua necesidad entre el karai y el guaraní, en medio de una gran variedad humana, social, cultural. Son también actores simbólicos los perros y los murciélagos “que ven con sus oídos”; el agua en que nos sumergimos para reencontrarnos; y el enmarañado monte chaqueño, con el que al final se confunden los ovillos de recortes de textos escritos del cineasta. Contrasta el poder cultural de los símbolos y la palabra oral para comunicarse también con el corazón y la fiesta, frente a la fría letra escrita y las múltiples mediaciones fílmicas…

El tema de la complementariedad entre la vida y la muerte, como las dos caras de lo mismo —al igual que el día y la noche, la luz y la oscuridad, el permanente vuelco entre ambos (como el pacha kuti andino)— se acentúa y va creciendo con el desarrollo del film: “La muerte no es mala (...) Morimos para vivir, para brillar, para volar, para despertar en el sueño del otro (...)” canta el ipaye (sacerdote curandero) para curar al enfermo Andrés (Juan Carlos) y después lo repite el propio Yari (Elio).

Se muestra inculturación y apertura en ambas direcciones. Limitándonos a los protagonistas, en su vida real, Elio ha escrito también libros excelentes bilingües, a veces conjuntamente con su “hermano” Elías Caurey. Y toda la evolución de Juan Carlos es para sumergirse más y más en esa cultura guaraní también con el corazón, y ambos van mejorando a partir de esos intercambios. Ya ni uno ni otro puede realizarse del todo sin referencia al otro distinto: Yo sin ti; nosotros sin ustedes somos nadie y viceversa, como en el ubuntu de Mandela en Sudáfrica…

Nos ha dejado sobrecogidos ver en el film a todo un Elio Ortiz como actor sólido, firme y atractivo; y este viernes de madrugada, la noticia de su muerte. Así se ha realizado ya en su historia personal el Kandire, la definitiva Tierra sin Mal. A él nos unimos en una esperanza que ni la muerte nos puede arrebatar.  

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