Columnistas

Yvy Maraêy

No es una historia lineal. Es una búsqueda con forcejeos inconclusos, contradicciones irresueltas.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 27 de octubre de 2013

El 16 de octubre se estrenó en   La Paz Yvy Maraêy, la cuarta película de Juan Carlos Valdivia. En la ortografía guaraní boliviana sería ivi maraëi. Después de gozar el estreno, el relato que mejor me ayuda a entender su génesis y contenido es la página de Erbol digital del 14 de octubre, a la que remito para mayores detalles.

Es la culminación de una larga búsqueda del propio Valdivia desde la (para mí, fallida) Jonás y la ballena rosada, creciendo en American visa (el sueño gringo que él rechaza) y Zona Sur (su propio pasado) hasta este gran elogio a la nada fácil interculturalidad entre dos personas de culturas e historias distintas, cada una con su propia búsqueda de sí misma, descubriendo de paso al otro: Andrés, que es el propio Valdivia, y Yari, que es el guaraní Elio Ortiz.  

Este último, menos conocido, es uno de los dos únicos sobrevivientes de ocho hermanos en una familia de la comunidad Tamachindi en el Isoso (Charagua). Culminó el bachillerato en la ciudad de Charagua, se graduó y ejerció como comunicador y ahora está concluyendo antropología. Vinculado con diversas organizaciones del área guaraní, ya ha publicado varios libros sobre la cultura guaraní, algunos junto con Elías Caurey. Por ejemplo, el voluminoso y muy alabado Diccionario etimológico y etnográfico de la lengua guaraní hablada en Bolivia (guaraní-español), Senapi, La Paz, 2011, que además incluye un excelente ensayo semántico de palabras-clave de esa admirable lengua.

En 2008 se conocieron con Juan Carlos Valdivia, quien, en su búsqueda, ya había quedado fascinado por esa valiente nación Guaraní que, ya en plena República y cuatro siglos después del “descubrimiento” de este continente, seguía medio libre (iyambae, sin dueño) hasta 1892. El proyecto inicial de Valdivia era la batalla de Kuruyuki de ese año, en que Apiaguaiqui Tumpa lideró aquel último y fracasado esfuerzo de resistencia, en el que murieron a bala miles de flecheros guaranís. Al mirar el rostro enjuto y la mirada profunda de Elio, me parece adivinar en él el póster más difundido de Apiaguaiqui.

Clave para ambos (Juan Carlos y Elio) es que no “actúan” interpretando a otros personajes, sino que se expresan a sí mismos: es una performance. No fue diseñado inicialmente así pero, por suerte, ese es el resultado, reconocido por ambos.

El hilo conductor de toda la película es un largo camino que empieza en las autopistas de La Paz hacia el sureste, y poco a poco se transforma en caminos tortuosos y polvorientos, y después llenos de malezas en los bosques secos del Chaco hasta Tentayapi (el último rancho); y más allá ya se quedan sin camino por el pantanoso Isoso (agua que se pierde). Se van entreverando luces y sombras, sueños y realidades, el castellano y el guaraní, sazonado con abundante material mítico y simbólico. Los ovillos de escritos de Andrés acaban confundidos como bejucos de la selva...

En ese largo caminar se encuentran con bloqueadores, pasajeros cargados de bultos y animales, fiestas de cambas, de patrones y de indígenas. Ese zigzagueante camino físico es la gran alegoría de los itinerarios y cambios que van trenzándose en la mente, corazón y el mundo cultural de los dos protagonistas y de quienes les rodean. No es una historia lineal. Es una búsqueda con forcejeos inconclusos, contradicciones irresueltas, puntos suspensivos. Bellísima, irónica pero no fácil. Yo me iba sintiendo más y más chiquito y muy interpelado. Necesitaré ver esta película varias veces más.

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