Columnistas

Zapata y los nombres

Los nombres propios son también signos narrativos en la novela de Gabriela Zapata y Evo Morales.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Aguilar A.

01:44 / 27 de marzo de 2016

Hay en la novela de Evo Morales cierto encanto en los nombres. Primero está el del hijo existente e inexistente después, existente otra vez para dejar de existir luego: Fidel Ernesto. Los nombres del niño (supuesto niño, dirán unos; presunto niño, dirán otros) son casi una tautología.

El nombre del fiscal que dice que el certificado de Fidel Ernesto es falso junta dos ocupaciones: fiscal y guerrero, ergo Fiscal-Guerrero.

La fuerza de la letra “a” repetida tres veces en “Zapata” da una delicada sonoridad a la trama, justo cuando aparece de sopetón el director jurídico de un hospital hablando de la existencia un historial médico de zApAtA. El tal funcionario tiene por nombre (tomar aire y soplar la “F”): Cliffton (C. G.).

También entra en la escena el nombre del “chofer de confianza” (como lo llama la prensa) de Evo Morales, Javier Escalera, supuesto testigo de Morales en el incierto reconocimiento del hipotético hijo (¿?). La “escalera”, signo del paso de la vida a la muerte en la simbología andina, es nada menos que el nombre del testigo del reconocimiento de un hijo que  diariamente pasa de la vida a la muerte y a la inexistencia más rápido de lo que se lee estas líneas.   Quien revela el escándalo es cara muy conocida en la opinión pública. En su apellido no dejan de sonar, agresivas, las dos “V” de Valverde; si bien para el Gobierno, empeñado en desacreditarlo, no es otro que el mismísimo “Baal” Verde.

Casi terminando pero siguiendo con los nombres está la ausencia de uno, específicamente de la jueza que verificaría la existencia de Fidel Ernesto. Varias notas en distintos medios dan razón de que será una jueza, sin embargo nunca se dice más. La razón de la imprecisión es el “cuenta gotas” de información que se da en este caso. Hay una jueza a cargo, Jackeline Rada, no obstante nunca se liga con contundencia su nombre con el de la jueza que verificará, como si se tratase de algo diferente a un ser humano, el ser o no-ser del niño.

Por último, está el nombre mismo de Morales, Evo, la única persona de la que estoy enterado que tenga tal nombre, si bien es posible que hayan hoy niños bautizados de igual manera por la fama del presidente. Del segundo miembro de su nombre (el apellido) deviene el bautizo de los famosos “Códigos Morales”, émulas del Napoleónico. Hay que detenerse y preguntarse, entonces, nada menos que sobre el código moral de Morales y algunas cabezas del Ejecutivo (“a man got to have a code”, dicen).

La sola duda sembrada por el sonoro caso Zapata pone en duda la existencia de tal código. Lo que se tiene hoy, tras tantas contradicciones en que caen voceros oficialistas, son preguntas. ¿Acaso ese “código moral” pudiese tener las mismas cualidades que se atribuyó al hijo?: tal vez vivió, falleció o quizás nunca existió.

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