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El abogado del diablo

El famoso abogado Jacques Verges tuvo el privilegio de construir la leyenda de su propia vida

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

03:15 / 31 de agosto de 2013

Cuando el 28 de febrero de 2011 en París cayó el telón del Teatro de la Madelaine, estruendosos aplausos premiaron el monólogo que por dos horas y media ofreció, a sus 84 años, el famoso abogado Jacques Verges. Durante meses montó un espectáculo en el que detrás de su escritorio, sin papel alguno, recitaba acudiendo a su portentosa memoria ciertos casos en los que había participado defendiendo a poderosos clientes, o a simples acusados de atroces hechos que se les imputaba. Se apagaron las luces y junto a mi hijo Charles, periodista de Europe 1, llegamos a su camerino para agradecerle la invitación a un acto escénico tan peculiar.

Días antes presencié la visita de ese controvertido jurista a la Embajada de Venezuela, quien, del brazo del excanciller francés Roland Dumas, venía a solicitar el apoyo político de Hugo Chávez en favor de su cliente, el presidente de Costa de Marfil (Laurent Gbagbo), entonces asediado por presiones externas. Ese era un episodio más que Jacques Verges añadía a su lista de causas indefendibles, que incluyen al terrorista Carlos El chacal; al nazi Klaus Barbie; al dictador serbio Slobodan Milosevich; a Saddam Hussein; a Cheyene, la hija de Marlon Brando o a Omar Raddad, un modesto jardinero indiciado en la muerte de su patrona. Orfebre del verbo, su alegato en la audiencia 37 del 3 de julio de 1987 en defensa de Klaus Barbie está registrado (youtube.com) como la clase magistral más elocuente en los juicios de crímenes contra la Humanidad.

Amigo de personajes poco frecuentables como el genocida camboyano Pol Pot, Verges, de baja estatura, rostro con expresión severa, cigarro en los labios, voz de barítono, anteojos redondos, tuvo el privilegio de construir la leyenda de su propia vida. Mestizo, fruto del coloniaje en Indochina, era hijo del cónsul francés en Ubone, Tailandia y de una bella vietnamita. A sus 17 años se enroló en la resistencia francesa. Luego fue dirigente de la Unión Internacional de Estudiantes (UIE), con sede en Praga. Más tarde, agitador anticolonialista. Una vez titulado abogado, salva de la horca a la terrorista argelina Djamila Bouhired, con quien se casa. Desaparece misteriosamente por ocho años (1970- 1978), para después unirse al foro parisino, protagonizando los litigios más aberrantes, declarando que “nadie es verdaderamente inocente, pero tampoco ninguno es realmente culpable”. Sostenía que hasta el más feroz villano merecía ser defendido, presumiéndose su inocencia hasta la comprobación de lo contrario. ¿Acaso no fue él quien dividía a los hombres entre los “todavía inocentes y los ya culpables”?

Aparte de sus logros profesionales, resalta en Jacques Verges su imprevisible personalidad. Le encantaba escandalizar a sus cofrades con sus insolentes provocaciones y su estratagema judicial de la célebre defensa de la ruptura, que consistía en enjuiciar al tribunal en vez de rebatir las imputaciones al acusado. En sus notas autobiográficas se califica como un canalla iluminado, aunque poseedor de principios no negociables como su anticolonialismo visceral. Esteta elegante, adornaba sus argumentaciones con citas literarias de Stendhal o Dostoyesky.

Autor de una veintena de obras, este ilustre penalista murió a los 88 años, el jueves 15 de agosto último, hospedado por su “grande amor”, la marquesa María Cristina de Solages, en el mismo cuarto donde falleció Voltaire, en el bulevar de igual nombre. Su entierro fue la última escena del teatro de su vida. Cientos de dolientes abarrotaron la iglesia Santo Tomás de Aquino. Entre ellos, abogados enfundados en túnicas negras (cual buitres en banquete), expresidiarios libertos, terroristas jubilados, amantes marchitas y racimos de africanos y asiáticos que al paso del féretro aplaudían y gritaban “gracias, Verges”.

Tenía una cita pendiente con él, pero el destino decidió privarme de visitarlo otra vez, en su casa-bufete de la calle Vintimille, en el popular barrio de Clichy, y de mirarlo, siempre alerta, en su gabinete, rodeado de estatuillas africanas y de su colección de juegos de ajedrez. Un jaque mate lo aventó a la eternidad.

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