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Nuestros abuelos

Cuando se llega a la cima de la vida, uno puede reclamar con todo derecho el respeto de los demás.

La Razón Digital / Julio Ríos Calderón

00:23 / 02 de septiembre de 2016

El papa Francisco expresó que “es una cosa fea ver a los ancianos descartados, es pecado. El anciano somos nosotros, dentro de poco, dentro de mucho”. Lo que me recuerda un antiguo proverbio encontrado en un monasterio de Baltimore que aconseja: “Acata dócilmente el consejo de los años, abandonando con donaire las cosas de la juventud”.

Nuestros abuelos nos enseñaron que uno, al hacerse viejo, tiende a considerar los fenómenos morales, los extravíos y degeneraciones de los hombres y de los pueblos como caprichos de la naturaleza. Queda así el consuelo de que después de cada catástrofe vuelven a brotar la hierba y las flores, y que tras de cada aberración los pueblos recuperan sentimientos morales que parecen comportar, pese a todo, una cierta normativa y estabilidad.

Cuando se llega a la cima de la vida, desde donde se contempla una trayectoria personal conformada por caídas y triunfos, puede reclamar un derecho, el del respeto de los demás. El ser honrado es la corona de la ancianidad. En el joven hay algo de anciano, y en el anciano hay algo de la juventud. Nada hay más agradable que una ancianidad rodeada por las inquietudes de la juventud. Pero terminada la juventud, la naturaleza de la edad permite convertirse en sabios, porque todo lo saben, pero ya no lo pueden hacer.

Si la sobrevivencia es un esfuerzo poco humano, ¿qué se podría decir de la alegría? De cuando en cuando los ancianos dan un aullido lastimero o enseñan los dientes a las personas que pasan, pues cuando forman largas colas para cobrar sus rentas les parece que todas las cosas hacen un camino rendido bajo el fardo de su destino, y que ninguno tiene el suficiente vigor para danzar con ellos sobre los hombros. Podemos observar que, pese al declinar de las fuerzas y facultades, hay una vida que sigue creciendo y complicando cada año la infinita red de sus relaciones y engarces. Mientras se mantiene despierta la memoria, nada se pierde del pasado ni de lo transitorio.

¿Qué sería de quienes llevan un cuerpo gastado si no fuesen poseedores de ese libro ilustrado que es el recuerdo de lo vivido, y con lo cual se sienten ricos? De viejo es cuando se ve por primera vez lo rara que es la belleza y el milagro que supone que crezcan flores entre las fábricas, y que entre los periódicos y los papeles haya también poesías. En esta realidad se presenta el anciano de las calles, el que forma largas colas para cobrar rentas que bordean los límites de lo indigno, descansando sobre unos hombros que muchos sobrellevan y que presentan la figura de otro anciano.

A la distancia parece asomar aquella juventud que evoca cada esquina del ayer inalcanzable. El recuerdo agiganta su vitalidad, y cuando la mente permite volver a la niñez o a la adolescencia, la evocación suma horas y días en silencio, en los que se rememora la pasada juventud bañada de sol en el claro invierno.

Los ancianos y ancianas conocen los resabios de las sociedades que se fueron extinguiendo en diferentes ciudades. También han sido testigos del esplendor económico que permitió el mantenimiento de ciudades atractivas y hospitalarias. Han vivido hazañas políticas y procesos democráticos de diferente índole. Conocieron el esplendor de las épocas de antaño. Contemplaron con ojos admirados cómo el asfalto se volcaba sobre calles pedregosas para darles aspecto de ciudades modernas. Algunos asistieron a la Guerra del Chaco y repiten sin tregua cuánto hicieron por la patria, y cómo ésta solo los recuerda una vez al año, en oportunidades cívicas que ellos viven como los últimos pasos de un camino largo y sin retorno.

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