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Por si acaso

El alma humana da para creer, sobre todo cuando existe la promesa de que las cosas mejorarán

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:01 / 26 de diciembre de 2012

Los primeros cinco minutos del año que comienza suelen ser bastante alocados. Hay quienes se atragantan intentando comer en tiempo récord las 12 uvas de rigor, una por cada mes del año. Al mismo tiempo, cargando una maleta, dan vueltas al manzano o suben y bajan gradas. El frenético ejercicio puede ser interrumpido (he visto muchas veces que termina en un tumulto indescifrable de brazos y piernas rodando por las escaleras) cuando a alguien de espíritu cívico se le ocurre hacer tocar el Himno Nacional. Para ese momento se requiere de mucho equilibrio porque todo el ajetreo de ponerse firmes, tragar las uvas, cantar el himno, encasquetarse el cotillón, cargar la maleta e intentar un brindis con el champán… puede conducir a desastres imprevistos.

Hay que contar también a la gente que estrena ropa porque cree que el vestuario nuevo traerá suerte o, al menos, más ropa nueva a lo largo del año. Por fuera van las galas diversas según el bolsillo de cada quien y por dentro, el ya clásico calzón rojo para algunas, mientras otras lo prefieren amarillo.

Seguramente en nuestras ciudades hay muchas costumbres más, pero aquí falta espacio para describirlas. En todo caso, según sus creencias y supersticiones, usos culturales, posibilidades económicas y su calendario (el año nuevo chino va en otra época y parece que las fechas del calendario gregoriano no corresponden a otras culturas diferentes a la occidental y, en rigor de verdad, tampoco son muy exactas), cada quien festeja la despedida del año viejo y la llegada del nuevo con esperanzas y una larga lista de sueños.

Precisamente, el principal encanto de esta fiesta es que nos permite sentir que tenemos la posibilidad de cerrar y abrir ciclos con el empuje de nuestra voluntad, de ahí que los balances, las promesas y los proyectos se desgranan por doquier. El próximo año estudiaré otro idioma, pasaré más tiempo con la familia, sacaré mi título, cambiaré de trabajo, viajaré, etc. etc.

Y como según nuestro almanaque el fin de año es una posta entre la Navidad y la fiesta de los Reyes Magos con la feria de Alasitas, que se realiza a fin de enero en La Paz, su iconografía está teñida de motivos navideños, incluso ahora en que los Niños están arrinconados en su pesebre, mientras los rutilantes árboles crecen en su falsa estación invernal y el sobrepeso de bolas brillantes (lo cual se aplica también al nórdico Papá Noel o San Nicolás y su corte de ciervos y duendes). De todos modos, sincretismo, hibridez, globalización o alienación… lo viejo y lo nuevo; lo que creemos propio y lo ajeno; lo que nos gusta y lo que nos molesta según nuestra ideología… parece que viene todo junto y viene para quedarse en ese festín amalgamado de religiosidad, comercio e ilusiones.

Por otro lado, este 2012 que está acabando, además de ser el segundo en doblar el recodo hacia la segunda década del siglo XXI, tiene la particularidad de haber estado nadando entre profecías acerca del cambio de ciclos y del fin del mundo. Así es que, aún para los incrédulos, el final de 2012 tiene nomás una sombrita de temor.

El alma humana da para creer un poco de todo, sobre todo cuando existe la promesa de que las cosas mejorarán. Y ahora termino de escribir porque tengo que comprar las uvas, la maleta, los calzones y el champán.

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