Columnistas

El acierto de George W. Bush

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

00:00 / 04 de abril de 2015

La caída de Yemen en el caos, con grupos yihadistas abalanzándose para llenar el vacío causado por la ausencia de una autoridad, ha captado la atención de muchos observadores. Solo algunos meses atrás, la Casa Blanca elogiaba al país y lo destacaba como un ejemplo modelo por su campaña antiterrorista. Sin embargo, la trayectoria de Yemen no debería sorprender a nadie. Sigue un patrón familiar del mundo árabe, que es probable que también se observe en un futuro no muy lejano en países más grandes e importantes como Egipto.

Yemen fue gobernado durante 33 años por Ali Abdullah Saleh, un dictador laico que reprimió despiadadamente a los grupos de la oposición, en especial a aquellos con una orientación religiosa o sectaria (en este caso, los hutis que son chiitas). Luego del atentado del 11 de septiembre de 2001, Saleh cooperó incondicionalmente en la guerra contra el terrorismo impulsada por la administración Busch, lo que significa que obtuvo dinero, armas y entrenamiento de Estados Unidos.

No obstante, la represión aseguró que la disidencia crecería con el tiempo. Su régimen se enfrentó a una oposición política y militar cada vez más fortalecida hasta que, finalmente, fue obligado a renunciar en la Primavera Árabe. Mientras tanto en Yemen como en Washington las personas prometían un gobierno más representativo, la administración Busch estableció rápidamente una excelente relación con el nuevo mandamás de Yemen, el antiguo diputado Abed Rabbo Mansour Hadi. No obstante, muy pronto Mansour Hadi rompió las promesas de una mayor inclusión política y participación, y comenzó a gobernar de manera tan represiva como su predecesor. Tal como  Farea Al-Muslimi comentó en un ensayo publicado el verano pasado en la revista Foreign Affairs: “el número de funcionarios electos en Yemen se fijó eficazmente en cero”.

Pronto aumentó la oposición y la insurrección. Para comprender cómo funciona el poder político, a menudo detrás de la oposición religiosa y sectaria, tengamos en cuenta lo siguiente: Saleh es chiita. Sin embargo, tomó medidas contra los chiitas hutis a la fuerza. Ahora que ha sido destituido, se alió con los hutis junto con su familia para intentar regresar al gobierno.

Este patrón ha desencadenado el terrorismo en el mundo árabe. Los regímenes represivos-seculares, apoyados por Occidente, se convierten en ilegítimos.

A medida que transcurre el tiempo, estos se tornan más represivos para sobrevivir y la oposición llega a ser más extrema y violenta. El espacio para el compromiso, el pluralismo y la democracia desaparece. La mayoría de los insurgentes y de los yihadistas sufren agravios locales. Y debido a que Washington apoya al dictador, sus metas son cada vez más antiestadounidenses.

Ya que no hemos aprendido mucho sobre esta historia, ahora la estamos repitiendo. La administración Obama elogia al presidente de Egipto, Abdel Fatah Al Sissi, quien posiblemente gobierna de una manera aún más represiva que la que llevaba a cabo Hosni Mubarak. De acuerdo con Human Rights Watch, el régimen de Sissi asesinó a cientos de manifestantes y encarceló a decenas de miles de personas, en su mayoría miembros de la oposición política. El régimen egipcio también ha censurado a la prensa y ha encarcelado a decenas de periodistas.

Y no solamente la administración Obama apoya a Al Sissi. Algunos intelectuales como Ayaan Hirsi Ali elogian al general por su deseo de obtener una versión moderada del Islam. El senador Ted Cruz por ejemplo alaba a Sissi por su valentía al llamar a los islamitas, contrastándolo con el presidente Obama. Louie Gohmert, del Partido Republicano, compara al general con George Washington por su determinación singular.

Sin embargo, es extremadamente inusual que un dictador militar árabe desee una versión moderada del Islam. De hecho esa era la norma. El primer gobernador militar del Egipto moderno, Gamal Abdel Nasser, habló con regularidad en contra de las visiones atrasadas y oscurantistas de la Hermandad Musulmana mientras encarcelaba a sus miembros. Su sucesor, Anwar Sadat, intensificó esta campaña. En este clima de represión, en las cárceles de Egipto nació Al Qaeda en 1970.

Hubo un presidente estadounidense que comprendía el peligro del apoyo ciego hacia los dictadores árabes, sin importar si eran admirablemente laicos en sus actitudes o si estaban dispuestos a encarcelar a los yihadistas o a permanecer en paz con Israel. Él dijo: “60 años de naciones occidentales excusando y acomodando la ausencia de libertad en el Oriente Medio no nos dio seguridad en absoluto”.

Su Secretaria de Estado fue más clara todavía al hablar sobre la conexión, y explicó que en el mundo árabe: “virtualmente no había canales legítimos para la expresión política en la región. No obstante, esto no significó la ausencia de actividad política. Sí la había en madrazas y mezquitas radicales. Y fue allí, en las sombras, que Al Quaeda encontró a las almas desazonadas, convirtiéndolas en sus presas y explotándolas como soldados de infantería en su guerra milenaria contra el enemigo lejano”.

Esos fueron George W. Bush y Condoleezza Rice. El hecho de que la administración de Bush arruinara su remedio (el cambio del régimen y la ocupación de Irak) no tendría que impedirnos darnos cuenta que fue preciso en el diagnóstico del problema. El mundo árabe, atrapado hoy en día entre los dictadores represivos y los demócratas intolerantes, no ofrece respuestas simples. Esto no significa que la respuesta correcta sea el apoyo ciego a los autócratas.

Mientras nos aliamos cada vez más con los dictadores de Yemen y Egipto y nos emprendemos en acciones militares conjuntas con la monarquía absoluta de Arabia Saudita, deberíamos preguntarnos qué está sucediendo en las sombras, mezquitas y cárceles de estos países.

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