Columnistas

Somos porque nos acordamos...

Si no fuera por el recuerdo, no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:05 / 13 de diciembre de 2017

Despertamos al día y somos de nuevo palabra y acción, gracias a que nos acordamos. Si no fuera por el recuerdo, no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos, con dignidad y sentido de futuro, criterios que no tienen las plantas ni los animales.

Somos por la memoria. Estamos solo por los recuerdos que tenemos y mantenemos vigentes. Porque nos acordamos, asumimos la palabra. Somos los únicos seres terrestres que buscamos entendernos afirmados en el recuerdo y en los alcances y cuidados de la palabra. En esa evidencia tiene sentido hablar de la resurrección. Nos renacemos a cada rato. Parece una paradoja, pero resucitamos cada día sin haber muerto en la víspera, porque la memoria nos envuelve en su manto de pervivencia. Seguimos siendo en testimonio porque estamos siendo testimoniales.

El recuerdo nos hace ser trashumantes, que son la gente que va detrás del humo de su memoria histórica. Trashumante es el que en su horizonte ve la llama que emana del fuego de sus ideales o experiencia.

El recuerdo incita a volver, incluso para olvidar. Y, así, la trashumancia es punto de partida y meta final también para los que emigran. Nadie que tenga necesidad de irse de lo que bien ama será presa del olvido, y menos de la infausta resignación de morir lejos si tiene la evidencia de que debe la vida a quienes lo concibieron con amor y le dotaron de sentido de patria y pertenencia.

Trashumantes somos los bolivianos que en la lejanía añoramos, hasta el punto de la lágrima, el humo de la cocina de nuestras madres. Trashumante es quien avizora el humo que emana del fogón de sus recuerdos; llama que a mayor distancia se hace más alta y gruesa porque las recarga con sus propias melancolías. La distancia no es ausencia.

El que regresa vuelve para habitar los espacios que le conservaron los recuerdos. Y es cosa de ocupar esos lugares con lo único propio y valedero que acumuló en el tiempo: la palabra.

Enmendamos o corregimos falencias e ingratitudes causadas en otro tiempo con la palabra manifestada en aires de perdón o de sincera disculpa. Lo hacemos porque queremos volver a estar de acuerdo, incluso con los que no estamos de acuerdo, que de eso se trata la vida sobre la tierra.

La palabra sostiene la esperanza del que vuelve con la misma convicción con que en otro tiempo le mantuvo la discrepancia. La palabra bien manejada nos conduce en la tolerancia y la prudencia, sin falta de sinceridad. Por eso asumimos a diario el trance de coexistir sin riesgos de muerte ni pompas de milagro. Estamos hechos de palabras. Somos la palabra, “la gloria de la lengua” que dijo el Dante. Si decae la palabra, se degrada la condición humana.

Únicamente nosotros podemos mantener flameando las banderas del lenguaje en el viento del diálogo. La palabra es la mayor conquista del ser humano. Nunca y nadie más alcanzó la victoria, arte y proeza de hablar para comunicarse, para darse a entender o desbaratar lo que se le muestra como misterio o dogma. Y echamos mano de la buena voluntad o la inteligencia convivencial gracias a que nos acordamos, recordamos, con la herramienta de la palabra.

He de ofrecer disculpas (no pedirlas) a los lectores de esta columna quincenal en el diario La Razón por el improvisado hilván de estas acepciones, que tal vez orillan con lo tautológico, porque también deseo que amparen (no que expliquen) mi retorno definitivo al país, donde ya estoy desde hace dieciocho días. Y es aquí, en mi patria, donde quiero acabar de vivir armado de la palabra, en el parapeto de los recuerdos y munido del suficiente parque de memoria histórica. Gracias.

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