Columnistas

El acoso nuestro de cada día

Pasa la actualidad del hecho, y la cultura del acoso persiste tras las puertas de los hogares

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

01:31 / 08 de mayo de 2014

La Dirección de Género del Gobierno Municipal de Santa Cruz ha realizado 5.023 acciones relacionadas a violencia de género, en todas sus formas, respondiendo a denuncias que se estima son solo la décima parte de los casos que suceden en la ciudad más poblada del país.

El país cuenta con una de las legislaciones —recientemente aprobada— de protección de las mujeres en materia de violencia sexual y de género más “vanguardista” de la región. ¿Es que en Bolivia, la nación de América con el menor índice de desarrollo humano que solo supera a Haití, la mujer está en mayor peligro que en otras partes del mundo?

Casi simultáneamente al caso de reincidente incontinencia verbal y sexual del Alcalde cruceño, en una sociedad donde la agresión a las mujeres es percibida como “normal” de tan común en todos sus niveles, el alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, reincidía frotándose las manos y mirando lascivamente los senos de la estrella infantil del momento, la adolescente argentina Violetta. Semanas antes, Macri había declarado que a las mujeres les encantan los piropos, luego se disculpó. Si por ahí se deduce simplonamente que los abusos son cometidos por los representantes de la “derecha” en el poder, enseguida se recuerda la insinuación pública de Evo Morales invitando a “seducir a las mujeres” en el TIPNIS y su lucha reivindicacionista por conservar el territorio de origen.

Es la sociedad putrefacta, el autoritarismo y el machismo de la cultura latinoamericana, lo que está en cuestión. Porque está visto que no sirve la ley sin justicia, ni el castigo sin reparación, ni la condena judicial, si quienes acceden a los medios masivos —y ahora también a las redes sociales— trastocan las denuncias de agresiones sexuales en una quema pública o muerte civil de la víctima, con ribetes de la misma espectacularidad con la que se repite y difunde el delito, sin ánimo punitivo real, educativo y ejemplarizador, sino de linchamiento político de detractores que simplemente usan la gravedad de los hechos para unificarse en la oposición ante el adversario en funciones.

Pasa la actualidad del hecho, y la cultura del acoso persiste tras las puertas de los hogares, de las fuentes laborales, de la escuela y también —desde hace años y diariamente— de la televisión, que disfraza de ficción la realidad de violación permanente y reincidente de la intimidad y los derechos de las mujeres, o se escuda en denuncias de orden público para justificar la expresión de lo más soez y delictivo que es alentar el desprecio por el semejante que no agrada; de los diarios, desde donde se sermonea y se rinde pleitesía a manos largas de todo trecho, de la punta de la pirámide hasta la base donde manda el macho alfa; en la hipocresía social como púlpito para destruir personas en lugar de acabar con comportamientos jocosos a la hora de la fraternidad, del Carnaval, de ch’alla o de la chichería.

Vivimos en una sociedad latinoamericana que se escandaliza morbosamente del verdadero escándalo y miserable fondo en el que se desenvuelve por generaciones, en un círculo vicioso que ofende al mínimo sentido común... Pero claro, seguramente las mujeres latinoamericanas deberíamos estar muy contentas de no haber nacido en las aberraciones de ciertos pueblos del África.

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